Las travesuras de Caua, el brasilero (3/5): el jugo de Simón - Las Bolas de Pablo

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22 sept 2022

Las travesuras de Caua, el brasilero (3/5): el jugo de Simón

Era una mañana soleada de Sábado cuando Rafael Chacón junto a sus amigos Caua, un exótico brasilero y José un semental de tez negra fueron invitados por el tío Simón a un viaje por yate. Caua se había quedado mirando fijamente a Simón, resultaba más guapo en persona que en televisión donde lucía más cuadrado, el tío de su compañero de universidad estaba en sus 39 años de edad, su cuerpo lucía entrenado por el gimnasio, con el abdomen tostándose por el sol playero, vestía un diminuto short, y su abundante cabellera castaña se mecía con el aire. El joven brasilero tenía como meta golpear los grandes testículos de los miembros de la familia. Ya con Rafael estaba agotado de hacerlo, pero desde que supo de aquella invitación con el tío sus expectativas aumentaron.

 

Caua miraba a Simón con la boca hecha agua, suspirando mientras dejaba varado el yate en medio de dos majestuosos acantilados y decía al resto de las personas que iban en la embarcación que podían nadar en esas tranquilas aguas. Caua visitaba con sus ojos cada proporción del cuerpo musculoso en Simón, su hermosa, grande y suave cabeza de su polla se marcaba gorda en su short.

 

«Esse corpo»pensaba Caua.

 

«Esos músculos».

 

«Aquele galo».

 

«Esas bolas».

 

El brasilero no se daba cuenta de su propia erección mientras admiraba a Simón Chacón, pero su monólogo interno todavía no se callaba.

 

«Imagine todo o sêmen que é armazenado naquelas bolas» se dijo, frotándose levemente la polla. «Rafael comentó que su tío es uma vaca leiteira quando ejacula».

 

Rafael Chacón pasó corriendo por su lado le dio un golpe en la cabeza con la palma de la mano y se lanzó al agua dándose un chapuzón. Al carioca ni siquiera le importó. Simón Chacón se dio cuenta de la acción y sonrió.

 

—Oye, Caua, ven aquí, ¿no vas a lanzarte al agua? Ven y toma algo. ¿Qué quieres? ¿Caipirinha? Ja, ja, ja. De esa no tengo aquí, pero puedo servirte un refrescante mojito.

 

Caua se acercó al imponente rubio y se mordió un labio de ver como los brazos tan fuertes del hombre se doblaban de simplemente servirle la bebida. Cuando preparó el vaso se lo entregó.

 

—Oh, muito obrigado, é delicioso —agradeció Caua, cautivado con la sonrisa de Simón. Tomó un sorbo de la bebida. Se lamió los labios. Fantaseó imaginando que así de refrescante debía saber el jugo de las bolas de Simón, de ese par de majestuosos huevos tan grandes como unas jugosas manzanas.

 

—¿Sucede algo, Caua? —preguntó Simón mirando como el brasilero se mordía el labio inferior.

 

—São seus ovos.

 

—¿Qué? ¿Qué dices? —Simón dobló las cejas intrigado.

 

Sin más preámbulos, Cauca dejó sobre un soporte el vaso y agarró cada uno de los grandes testículos de Simón con sus fuertes manos apretando tan fuerte como pudo.

 

Simón emitió un grito ahogado que llamó la atención de los pocos turistas que se quedaron en el yate.

 

Caua afincó sus pulgares en la suave carne de los cojones llenos de esperma de Simón, asegurándose de hacer circular sus pulgares para lograr el máximo efecto de dolor, pero también para sentir ese adorable par de maracuyá tan grandes. Sintió una enorme satisfacción al sentir que los enormes y sólidos huevos se aplastaban entre sus dedos.

 

A Simón se le humedecieron los ojos y le dieron arcadas, lo que incrementó la sensación de poder en Caua. El imponente hombre se dobló hacia él y se puso de puntillas dominado por la robusta presión en sus huevos

 

—No sucede nada —decía José, el amigo negro de los muchachos al grupo de turistas que miraban sorprendidos—. Es un juego entre ambos.

 

Cauca sonrió mientras sus manos causaban estragos en los órganos reproductivos de Simón, pulverizando sus colosales bolas en un apretón mortal. A pesar de que sus brazos comenzaban a cansarse y sus manos empezaban a doler, nunca perdió el interés, se mantuvo fijo apretando las manos en las pobres y doloridas gónadas de Simón con feroz determinación.

 

Simón sollozaba de dolor, gimiendo y haciendo presión en las muñecas de Caua para que dejara de exprimirle las gónadas.

 

—Parece que há diversão dentro de ese pantalón, Simón —sonrió Caua con un brillo en los ojos; y tenía razón. La polla de Simón tenía espasmos subiendo y bajando la tela del short.

 

José se echó a reír junto a otros turistas, señalaban la enorme y palpitante erección de Simón.

 

El trozo de carne de gran tamaño estalló con una gigantesca carga de semen que empapó de forma grotesca su ropa mientras Simón gemía de dolor y placer.

 

Caua continúo apretando las bolas con fuerza su expresión era determinada en su rostro, mientras Simón gemía y gritaba de dolor.

 

El brasilero le soltó las pelotas y se quedó mirando el short de Simón completamente mojado de su cremosa leche.

 

Simón se acurrucó en el suelo, sollozando de dolor, agarrándose las maltratadas bolas.

 

Caua se sintió victorioso, también mostraba una erección en su bañador que parecía una lanza, solo se le iba a quitar encerrándose en un camarote y haciéndose una paja recordando el rostro dolorido de Simón y el tamaño de los grandes huevos, se dio la vuelta y se dirigió a las escaleras que conducían a la parte inferior del yate. Afuera en el agua, Rafael se divertía con otras personas sin saber lo que había ocurrido.

 

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