Hijo de Puta (2/8): el verdadero hijo de puta - Las Bolas de Pablo

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10 jun 2021

Hijo de Puta (2/8): el verdadero hijo de puta

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Ballbusting hombre/hombre

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Peter
  Desde que era muy pequeño me gustó nadar, fui realmente bueno. Mi entrenador creía que pude haber competido en olimpiadas y ganar. ¿Se imaginan una medalla para México en natación? Eso nunca sucedió, gracias a mi hermano Ricardo.

   Al ser un Holgado, tuve al mejor entrenador que se podía conseguir, un ex atleta olímpico australiano, llamado Peter. También a mi sobrino Eduardo le gustaba este deporte, el era hijo de Ricardo, quien tenía exactamente mi edad. Ambos terminamos entrenando juntos.

   Peter era un hombre rubio, alto y atlético, siempre usaba un speedo y una sudadera durante nuestros entrenamientos. Ahora que lo pienso, él era muy guapo, siempre estaba rasurado, su pelo rubio y corto enmarcaba muy bien su apuesto rostro. Poseía unos hombros y pecho anchos, brazos fuertes, abdomen marcado y unas muy poderosas piernas. Si me lo preguntan, la natación es el deporte más completo que un hombre puede practicar.

    El entrenador tenía preferencia por mí, decía que yo nací para nadar, que mi cuerpo era perfecto para esta disciplina. Al cumplir catorce, Peter me recomendó para entrar en una escuela de alto rendimiento, él ya no me entrenaría, pero yo podría aspirar a competencias nacionales e internacionales. Quien no estuvo de acuerdo fue Ricardo, no toleraba la idea de que un “hijo de puta” demostrara ser mejor que su hijo Eduardo, así que moviendo sus influencias y utilizando su dinero, consiguió que mi sobrino entrara a esta escuela de alto rendimiento en mi lugar.

   Eduardo no era un niño malo, cuando teníamos seis nos llevábamos bien, jugábamos juntos, fue mi primer amigo. La forma de tratarme de su padre como basura y a él como si fuera un príncipe, fue lo que nos distanció a mi sobrino y a mí. Lalo comenzó a sentirse superior, me miraba por encima del hombro. Cuando cumplimos diez años, también comenzó a llamarme “hijo de puta”.

Peter
   Aquel día, no solamente me arrebataron mi lugar en aquella escuela de alto rendimiento. Mi hermano decidió también castigar al hombre que se atrevió a darme preferencia por encima de su vástago. En los vestidores, junto a la gigantesca alberca de la mansión Holgado, un par de guardaespaldas tenían sujeto a Peter de los brazos para mantenerlo inmóvil. Mi hermano se había quitado el saco y se arremangaba la camisa. Subiendo ligeramente su pantalón de vestir para tener más movilidad, se dispuso a tomar impulso para estrellar su pie contra las bolas de mi entrenador.

    El apuesto y atlético hombre rubio, quien solo traía su bañador verde gritó de dolor y se agachó. Los guaruras lo incorporaron de nuevo para que mi hermano pudiera continuar castigándolo. Los genitales de mi instructor eran prominentes, con ese traje de baño mi hermano tenía vista clara de su objetivo, nuevamente estrelló su pie con brutalidad. Los músculos de Peter se tensaron, sus brazos y su marcado abdomen estaban contraídos, sus enormes muslos se juntaban tratando de proteger su indefensa hombría. Luego de cinco patadas decidí intervenir.

   —¡Déjalo en paz! —grité.

   —Hijo de puta. ¿Qué es lo que vas a hacer?

   Me lancé sobre él, me recibió con un revés que logré esquivar y le atiné un potente golpe a la cara, yo ya tenía catorce y había dado el estirón, no era un niño pequeño. En seguida, Ricardo chasqueó los dedos y uno de sus "gorilas" soltó a Peter para someterme, traté de impedirlo, pero el "mastodonte" era muy hábil, me inmovilizó con una llave al brazo.

   —¿Qué debería hacer contigo, hijo de puta? Ya estás grande, yo creo que sí aguantas —dijo. 

   Tomando impulso, también clavo su pie contra mis jóvenes gónadas. El dolor que sentí era insoportable, grité con fuerza, quería caer al piso y proteger mis bolas, pero el guarura no me lo permitía. 

   Mi entrenador estaba en el piso en posición fetal, tosía y temblaba. El otro guardia lo sujetó de las manos, estando bocarriba, mi hermano pateó sus enormes muslos para abrir su compás.

   —¿No querías que lastimara a este cabrón? Mira lo que voy a hacerle —Ricardo sonrió maliciosamente.

Peter
   Mi hermano clavó su pie en las bolas de mi entrenador, quien se encontraba totalmente adolorido e indefenso, enseguida, comenzó a darle pisotones.

   —Esto que ves que hago, es tu culpa, si no hubieras intervenido, su castigo ya hubiera terminado. Ahora que sé que esto te molesta, con mucho más gusto lo haré, hijo de puta.

   Durante varios minutos, mi hermano castigó sin piedad a Peter frente a mis ojos, yo comencé a gritar y llorar que lo dejara en paz, pero entre más interés mostraba, más duro lo golpeaba. Cuando Peter quedó en un muy mal estado, Ricardo decidió detenerse.

   —¿Ves lo que provocas, maldito hijo de puta? —dijo mirándome con desprecio—. ¿Ves lo que me haces hacer?

   —¿Por qué me odias tanto? —pregunté—. ¿Qué fue lo que te hice?

   —Nacer. ¿Te parece poco? Eres un bastardo, una mierda, una basura, me das asco, nunca serás igual a mí, jamás serás igual a nosotros, entiéndelo de una vez, arrimado: tú no vales nada.

   Al terminar de decir esto ultimo, él nuevamente estrelló su pie entre mis piernas y le pidió al guardia que me liberara. Caí al piso sobándome las bolas. Mi hermano me escupió y se fue junto con sus bestias.

   —I’m so sorry, Peter (Lo siento mucho, Peter)—dije a mi instructor.

   —Don’t be... aaah, it’s not your fault... argh. He’s a fucking asshole. (Tranquilo, no es tu culpa. Es un maldito imbécil) —él respondió con la voz jadeante— ¡FUCK! —exclamó enseguida.

   La escuela de alto rendimiento tenía un concurso de ingreso, Peter me recomendó participar y entrar por mis propios méritos. Dijo que no debía abandonar la natación, porque yo realmente podía ganar medallas algún día.

   —Look at your shoulders, look at your arms. Your whole body is perfect, you were born for this, trust me. Please, don’t give up (Mira tus hombros, tus brazos. Todo tu cuerpo es perfecto, naciste para esto, créeme. Por favor, no renuncies) —me dijo.

Peter, mi crush.
   Ahora que lo pienso, es gracias a Peter que yo me hice consciente de que era homosexual, él me gustaba mucho, fue mi crush, jamás pasó nada entre nosotros, hubiera querido que sí.

   Días después, partió de vuelta a su país. Para evitarse problemas o demandas, mi hermano le dio una jugosa compensación por los inconvenientes causados. Para no hacer más grande el asunto, Peter la aceptó.

   Seguí su consejo, participé en el torneo a escondidas de mi familia, aquel día falté a clases, me escapé del colegio privado exclusivo al que asistía. Competí y gané, haciendo un excelente tiempo en diversos recorridos. El maestro Nelson se mostró muy interesado en mí. Cuando le dije mi verdadero nombre, frunció la cara y dudó un poco. Luego de pensarlo unos segundos, dijo:

   —Bueno, pues “chingue su madre”, vamos a intentarlo, ¿qué no?

   El maestro Nelson conocía a mi padre, creo que habló con "Don Chemo" al respecto, porque Ricardo no intervino en absoluto. Durante tres años entrené y di lo mejor de mí, curiosamente, Eduardo había mejorado mucho también, yo era el número uno, él, era el número dos del equipo de natación, pretendía igualarse a mí, la verdad es que la diferencia era mucha. “Podemos ganar medallas”, “ese chico es de oro” comentaba el entrenador acerca de mí.

   Cuando cumplí diecisiete, luego de muchas competencias internacionales, conseguí un lugar para representar a mi país en Olimpiadas. Estaba muy feliz, me sentía tan satisfecho, la vida me sonreía, podía lograr algo importante haciendo lo que más amaba: nadar.  Al salir de la unidad deportiva, alguien llegó por detrás, cubrió mi cabeza con un saco oscuro y me trepó a una camioneta.

    Fue Ricardo, me secuestró para torturarme. Me tenía en una habitación oscura con una luz directa para encandilarme. Tenía mis manos atadas a un poste y mis pies también. Incluso, un collar en mi cuello estaba sujeto a una cadena que colgaba del techo.

Mi feo sobrino "Lalo",
cuando tenía 17.
   —No aprendes, ¿verdad, hijo de puta? —dijo mi hermano—. ¿Crees que eres mejor que mi hijo? Él es un verdadero Holgado, no como tú.

   Enseguida, comenzó a patearme en las bolas, yo gritaba de dolor, pero noté que si me encorvaba, el collar me ahorcaría. Depositó su odio en cinco patadas que se sintieron como cien.
 
   Tomó asiento en una cómoda silla plegable, chasqueando los dedos ordenó a uno de sus guaruras que me golpeara repetidamente con un bate. El hombre sujetó con fuerza el objeto, y como si mis jóvenes testículos fueran pelotas de béisbol, los golpeó con fuerza tal, que si no hubieran estado dentro de mi escroto, unidos a mi cuerpo, bien podían haber volado varias decenas de metros lejos.

   Ricardo observaba satisfecho cómo me castigaban y cómo yo mismo me ahorcaba. Comencé a toser, no sabía que hacer. Curiosamente, mi pene se levantó y mi hermano lo pudo apreciar, pues me había quitado la ropa, solo traía puesto mi bóxer de licra.


   —Así que esto te gusta, pervertido —comentó—. Pégale más duro, hasta que se le aplane ese bulto que tiene entre las piernas.

   El hombre continuó impactando mis bolas, yo llegué al punto en que no podía resistir más.

   —Tú ganas, yo renuncio —musité.

   —¿Cómo, no te escuché? —Ricardo preguntó poniéndose en pie y llevándose una mano a la oreja.

   —Me retiraré… de… —yo apenas y podía emitir palabra—… la natación.

   —Así me gusta. ¿Ves? No era tan difícil —dijo mi cruel hermano dándome palmadas en la cara.

Desde los 17 años, yo, ya era hermoso.

   Chasqueó los dedos y ordenó que me liberaran, caí tendido al suelo como un trapo sucio, apenas y podía moverme, mis bolas estaban hinchadas y amoratadas. El dolor tardó una semana en irse por completo. Renuncié a la escuela de natación, tuve que decirles que competir no estaba en mis planes, que era un Holgado y que tenía mejores cosas que hacer con mi vida.

    Emocionalmente me destruyó, Ricardo pisoteó uno de los momentos más felices de mi vida. Arruinó una oportunidad que literalmente valía oro. Pude convertirme en un gran deportista de alto rendimiento, hizo pedazos mi más grande sueño. Lo que más me dolía era que yo no pedí nacer en esta familia, nunca quise ser superior a nadie, yo solamente amaba nadar y mi pecado fue ser realmente bueno en ello.

Fabio (yo) 35
   Recordaba este momento de mi vida, mientras miraba por la ventana del edificio LEÓN, en la zona corporativa más exclusiva de la ciudad, me encontraba en una sala de juntas, esperando a mi hermano Ricardo, quien todavía era CEO de la empresa, también convoqué a Eduardo, su hijo, quien trabajaba como CFO (Director financiero). Tenía cuentas pendientes por ajustar con ambos, hoy era el día en que pagarían lo que me hicieron.

    Padre e hijo cruzaron la puerta de cristal veinte minutos después de la hora en que los convoqué. Su ropa de ejecutivo ajustada a la medida ocultaba perfectamente la clase de basura que eran. Eduardo sostenía entre sus manos una carpeta.

   —Veo que la puntualidad no es un elemento que los caracterice.

   —La puntualidad es para personas importantes —respondió Ricardo tomando un asiento.

    Sonreí asumiendo indiferencia, Eduardo también me dirigía una mirada de desprecio. Sabía que desde mi nombramiento como el “Rey León” me detestaba mucho más, estoy seguro que ese cretino se jactaba de ser el hijo del heredero de Don Chemo. A la verga, tendrá que conformarse con ser el sobrino del heredero.

Mi hermano Ricardo
    —¿Para qué nos has convocado aquí, hijo de puta? —quiso saber mi hermano Ricardo—. No tenemos todo el día para gastarlo con gente como tú. ¿O es que pretendes devolver la herencia a los verdaderos hijos Holgado? Eduardo ha preparado un informe financiero de la empresa en los últimos cinco años.

No se enamoren
de la cara bonita de Eduardo,
lo tiene chiquito.
   Lalo deslizó la carpeta sobre la lustrada mesa de madera haciendo que llegara ante mí. Cogí el material y pretendí leerlo mientras mi honorable sobrino hacía una estúpida exposición de los asuntos financieros. No me tomé la mínima molestia en escuchar a ese cabrón ,ni estudiar las insulsas estadísticas. El idiota quedó paralizado y con la boca abierta cuando rompí el informe a la mitad y lo lancé hacia él. Odio haber fallado en mi puntería, tenía que darle en el rostro, la carpeta solo aterrizó en el suelo.

   —¿Qué te pasa, hijo de puta? —se enfureció Ricardo levantándose de la silla, yo también lo imité.

   —No estoy aquí para escuchar su desfile de mentiras y cómo se robaron el dinero del Grupo León.

   —Cuida muy bien tus palabras —fue el turno de actuar de Eduardo, al fin se ponía los pantalones. Creía que después de años de convivencia no tenía el carácter de Ricardo.

   —Mi gente de confianza ya se está encargando de hacer una exhaustiva investigación de las finanzas de los últimos cinco años.

   —¿Gente de confianza? Ay no me jodas, hijo de puta —gritó Ricardo—. A ti nadie en este mundo te quiere. Ni tu puta madre que te parió, prefirió morir, antes que estar a tu lado.

    Maldito Ricardo, juro que quise lanzarlo por la ventana en ese preciso momento. ¡A la verga! no voy a desperdiciar más mi tiempo con estas mierdas de personas.

   —Ricardo Holgado es decidido prescindir de tus servicios en la empresa. Así que le voy a pedir a la señora Ana que te acompañe a la oficina mientras recoges tus cosas.

   —¡Ja, ja, ja! —se rió con sorna mi hermano mayor—. No puedes hacer eso, hijo de puta.

   —Tu cargo es de confianza y de libre remoción. Poseo el 70% de las acciones, no necesito consultar esta decisión. Si quieres, puedes ir a la Junta local de conciliación y arbitraje y denunciarme. ¿Serás tan ordinario para hacer eso?

   —No, prefiero matarte. Es mucho más fácil.

   —¿Matarme? Atrévete, cabrón. Te daré más motivos. A partir de este momento tienes —consulté mi reloj para incrementar mi nivel de cinismo—, sí, te voy a regalar 48 horas para que desalojes la casa de Polanco.

   —¿QUÉ TE HAS FUMADO, HIJO DE PUTA? ES MI CASA. LA CASA DONDE CRECIÓ MI HIJO.

   —¿Vaya, Richy? Eres tan básico y apegado a lo material, no lo creo. Pero seamos sinceros. Esa casa ahora me pertenece.

   —Esa casa no es tuya —dijo Eduardo, tenía el puño crispado de ira—. Es el hogar de mis padres.

   —Guarda silencio, Eduardo, que para ti también tengo. Comencemos con el hipócrita de tu padre, que por lo menos en las dos casas donde vivieron, el muy tacaño prefería comprar la residencia y colocar como dueño a mi padre, tu abuelo, antes de aparecer él como propietario. ¿Quieres saber por qué? Porque en caso de divorciarse de la estúpida de tu madre, no tendría que dividir la venta del inmueble con ella.

Romeo 
   —¡Con mi madre no te metas, hijo de puta! —Eduardo se lanzó sobre mí cogiéndome del cuello de la camisa. Con un puñetazo golpeó mi cara, se preparaba para el segundo, cuando la puerta que comunicaba con la oficina contigua se abrió, de ahí emergió el alto y apuesto Romeo. Mi excelentísimo guardaespaldas y nuevo hombre de confianza llegó corriendo hacia nosotros y de un solo jalón quitó a Lalo de encima de mí. Romeo podía parecer delgado, pero tenía la fuerza de mil hombres, tomó a Eduardo de los brazos y consiguió dominarlo.

   Todavía furioso por su atrevimiento, decidí atacar y embestí una fuerte patada en las bolas de mi sobrino.

   PFFFFF

Muérete del dolor,
por feo.
   —¡Aaaaaaaaaaah! —fue el grito de Lalito, cuando su escroto chocó con la pelvis por la fuerza de mi zapato. El rubio cerró los ojos conformando arrugas en su rostro y abrió la mandíbula.

   —¿Cómo te atreves? ¡Maldito hijo de puta! —gritó Ricardo, al pensar en el porvenir de sus futuros nietos.

    Y me atreví, una segunda patada que espaturró las papas de mi sobrino y le arrancó un nuevo grito agudo mientras unía sus rodillas en un intento por salvar sus huevos.

Este canijo es bueno para los golpes
    Ricardo se lanzó sobre mí y comenzamos a forcejear. En ese instante Romeo dejó de sostener a Eduardo quien era incapaz de mantenerse en pie y cayó al suelo donde se acurrucó y tembló. Ricardo y yo seguíamos luchando e intercambiando ganchos al cuerpo, mis costillas recibieron algunos golpes y sus pómulos varios de mi parte. Era el turno de Romeo, quien intervino e inmovilizó los brazos de Ricardo para alejarlo de mí. Mi hermano se resistió jadeando y lanzando maldiciones.

   —Maldito Romeo, eres un traidor —gritó mi hermano—, mi padre se debe revolcar en su tumba, bastantes veces te calmó el hambre a ti y a tu asqueroso padre.

    El muy cabrón levantó la pierna hacia atrás, consiguiendo golpear con el talón la entrepierna de mi guardaespaldas.

   —¡Pff, verga! —se lamentó Romeo, siendo obligado a soltar a mi hermano y retroceder encorvado agarrándose las pelotas.

Merecida patada, sóbate
   Decidí entonces retribuir el gesto a mi hermano y le regalé una patada en las bolas que le hizo despegar los pies del suelo y poner los ojos en blanco. Lanzó un grito de ultratumba y también cayó de costado, agarrando sus testículos y revolcándose con los ojos muy cerrados, quejándose entre lamentos.

   —¿Estás bien, Romeo? —pregunté tomándolo del hombro, curiosamente él no se quejaba en el suelo como los otros dos inútiles.

   —Con ustedes no he terminado —aseguré tomando el control remoto de la mesa y activando el proyector multimedia de la sala de conferencias. Se mostró la imagen con una selfie de Eduardo vacacionando en el hotel de los Chacón, unos viejos conocidos de la familia, junto a él sonreían Ricardo y Esther, la madre de Lalo, una rubia asquerosamente operada con más plástico que sangre en el cuerpo.

   —¿Qué es eso, hijo de puta?

   Lalito empezaba a medio recuperarse, sentado en el suelo frotaba sus bolas.

   —¿Me dices hijo de puta, a mí? —interrogué de forma irónica—. Veamos —la siguiente diapositiva era la familia tomando una excursión a una isla, viajaban en lancha, aparecían los tres, pero al fondo del bote sonreía también Christian. Christian había trabajado por años como chófer de mi hermano, aunque tenía más de 60 años (como Ricardo), a leguas se veía que en su juventud fue bastante atractivo. Aunque ya varias arrugas se adueñaban de su rostro, no ocultaba que tenía facciones finas.

   —¿Nunca te has preguntado por qué Christian tiene tantos beneficios en la familia, Ricardo?

   —¿De qué hablas, hijo de puta? —rezongó mi medio hermano todavía en el suelo.

   —¿No? Entiendo que por más de 30 años en la familia es motivo de ser un hombre de confianza. ¿Pero para qué llevar a un chófer a todos lados? Es como tedioso, ¿no? ¡Cierto! ¡A la puta de tu madre, Eduardo, no le gusta viajar por avión y tu padre la complace por caminos de tierra. Pero, espera…

   Una nueva imagen mostraba a Esther saliendo en coche, de la que dentro de 48 horas será mi nueva casa. Iba en la parte de atrás, mientras Christian conducía. Otra diapositiva dejaba ver a Esther saliendo del vehículo estacionado en una calle. Una tercera diapositiva revelaba que Esther pasaba al puesto de copiloto.

   —Ahí deja de actuar como una dama de sociedad, para irse al lado de su amante como una meretriz de bajo nivel.

   Lalo permanecía encorvado sujetándose sus bolas, por su rostro aseguro que tdavía le duelen las bolas por mis patadas.

    Disfruté observando el rostro de confusión de Ricardo.

   —Estoy seguro, Eduardo, que aquí el hijo de puta eres tú, no yo.

    Una nueva imagen proyectaba a Esther y Christian llegando a un hotel, la siguiente imagen dejaba entrever que juntos utilizaron el lugar. Me eché a reír con toda la intención mirando los rostros de confusión de esos pendejos.

    Continuó una imagen, esta era la de oro, me la regaló el padre de Romeo y tuve que digitalizarla. Era de más de 30 años atrás y mostraba a Esther besando en un coche de la época a su honorable chófer.

   Ricardo estaba furioso, casi lloraba de la ira. ¡Ja, ja, ja! Qué divertido.

   —¿Cuántas veces intentaron tener hijos, Ricardo? —pregunté a mi hermano—. Se hicieron muchas pruebas, hasta llamaban a Lalito “un milagro”. Después de tantos exámenes y chequeos. Habían dicho que tu esperma eran lento, ¿cierto? Obvio que sí, Lalito es un milagro. ¡Pero un milagro del chófer! ¡JA,JA,JA,JA! —dije con la risa más burlona que pude emitir.


   A continuación, aparecía en una misma imagen cuatro fotos, dos eran de las hijas de Christian con su propia esposa y en el centro estaba Eduardo. Bajo las tres, estaba una imagen del chófer cuando comenzó a trabajar para los Holgado. Cabellera abundante y castaña, actitud enérgica y como les dije, atractivo.

   —Si estudias bien la imagen, Richy —le dije—, observa el mentón de Lalito, muy similar al de la primera chica, e incluso, al de Christian. Y la nariz de la segunda chava se parece a la tuya, ¿no? Eduardito. Ahora, ¿quién es el hijo de puta?



   —¡CÁLLATE! —Eduardo comenzó a llorar—. ¡PAPÁ, DÍ QUE NO ES CIERTO!

    Ricardo estaba petrificado, no hizo nada para consolarlo, quizás pensaba en todos los beneficios que recibió por años su chófer. El hijo que tanto quería, del cual se enorgullecía, no era suyo, era un cualquiera más. Peor aún, eso significaba que él no tuvo descendencia, era estéril, había fallado como hombre, no poseía un legado propio, ni una puta semilla de la cual enorgullecerse como herencia. Pelotas vacías creo que lo llamaré desde hoy.

   —Eres un monstruo —dijo mi “sobrino” entre lágrimas.

   —Tú también estas despedido —dije—. Espero en 48 horas el desalojo de la residencia que me pertenece. Ah, Eduardo, antes de que se me olvide. El almacén de objetos deportivos que estabas construyendo, también está sobre un terreno de mi propiedad, ¿ya ves para quien trabajas? Aunque bueno, si por tu sangre no corre algo de Holgado, nada tienes que hacer ahí. Al menos que quieras ser mi chófer. Digo, por algo se empieza y lo que bien se hereda, jamás se hurta. Sí sabes conducir ¿no? Justamente tu papá Cristian te enseñó a hacerlo. Ja, ja, ja.


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