CAZADOR DE GIGANTES 1/7: Detective Toledo - Las Bolas de Pablo

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4 feb 2022

CAZADOR DE GIGANTES 1/7: Detective Toledo

No contiene ballbusting.
Este capítulo es la introdución de esta serie, que contendrá: 
ballbusting hombre/hombre, big vs small.


         Son las once de la noche, es un miércoles 15 de diciembre, recorro en mi auto las calles que conozco de memoria, en este momento se encuentran despejadas, voy camino a casa. No encuentro nada inusual en ellas, o mejor dicho, no presto mucha atención. Mi mente está en otro lugar, todavía no doy crédito a lo que ha ocurrido el día de hoy: resulta ser que en este apartado rincón del mundo, en esta aburrida ciudad llamada Tlaxcala, donde jamás ocurre algo interesante. Presuntamente, existe un violador serial de hombres grandes y musculosos.

 

       El solo pensarlo me provoca reír: tan fuertes, además, expertos peleadores y luchadores. Todos ellos, hombres grandes y altos, siendo sometidos en combate, al parecer, por un hombre muy delgado y de baja estatura, quien utiliza una máscara negra. Quisiera ver a ese flacucho escuálido intentar derrotarme en una pelea, para después abusar sexualmente de mí. 


      Mi nombre es Alberto Toledo, soy un hombre enorme, mido 1.90, peso 105 kilos. Desde temprana edad entrené taekwondo, llegando a destacar en algunas competencias internacionales juveniles, a los quince opté por el boxeo, sin embargo, la preocupación de mi madre una noche cuando me dejaron inconsciente y terminé en el hospital, me hizo abandonar mi sueño de ser un profesional a la edad de 18 años.

 

Yo cuando tenía 18 años
  Durante mi servicio militar, el cual era obligatorio para todo muchacho mayor de edad. Un teniente me comentó que tenía aptitudes para unirme al ejército o al cuerpo de policía. Yo ya era un joven alto y esbelto, con excelente constitución física, él era un hombre moreno, velludo y muy varonil. En su oficina tuve mi primera y única experiencia íntima con alguien de mi mismo sexo, yo lo penetré a él. Sé que no soy enteramente heterosexual, pero tampoco soy del todo homosexual. En fin, el caso es que siguiendo su consejo, me inscribí a la academia de policía de donde me gradué.

 

     Mientras ejercía como guardián del orden, a raíz de ver algunas series de criminología, decidí estudiar una carrera en esa rama. Mi madre puso el grito en el cielo, dijo que yo ya tenía un empleo fijo como policía, con buenas prestaciones, “estás loco Alberto”, me gritó. A pesar de todo, conseguí titularme como licenciado en criminología y criminalística. Gracias a algunos contactos que mantenía de mi anterior empleo, fui aceptado como empleado “milusos” dentro del ministerio público. Años después, como complemento decidí entrenar artes marciales mixtas y jiujitsu, en el cual soy cinturón morado.



   Actualmente, soy detective investigador dentro del Ministerio Público, mi trabajo no consiste en estar detrás de un escritorio, sino indagar y hacer las preguntas correctas a las personas correctas. La mayoría de mis colegas no mantienen un buen estado físico, yo asisto temprano al gimnasio, procuro llevar una buena alimentación. Mucha gente comenta que no aparento mi edad, que no luzco como un hombre de 45 años, algunos se sorprenden al saber que soy padre soltero, y que mi hijo está por convertirse en un adulto.

 

     Mientras repaso mis aptitudes y cualidades, deseando toparme con ese maldito violador para enseñarle una lección, llego a mi hogar. Detengo mi auto, abro el portón, me estaciono de reversa para que mi vehículo quede mirando al frente, y cierro. Posteriormente apago el motor, y por supuesto, las luces. Entro a mi casa, todo está oscuro, procedo a sentarme frente a mi computadora en la planta baja. Tengo curiosidad, según sé, una de las víctimas, mencionó hace unos días que una vez asegurado su dominio durante la pelea, el violador se dedica a hacer “lucha erótica”, como preparación para culminar el acto. 


        En aquel momento, cuando se abrió la carpeta de investigación, el caso carecía de relevancia, a pesar de que Carlos Cordero, un compañero del trabajo, encontró similitudes con una denuncia presentada semanas atrás, por un campeón de boxeo llamado Enrique, curiosamente fue él quien me mandó al hospital y puso fin a mis intentos de ser un profesional. Él llegó muy lejos, aquello es mi consuelo: fui derrotado por alguien que en un futuro sería campeón mundial. Esta persona puso una denuncia por robo y asalto, dijo que al abrir su gimnasio, varios sujetos lo atacaron, golpeándolo y robando el dinero que guardaba en la oficina. Sin embargo, según mi colega, sus declaraciones no parecían encajar con los hechos, él llegó a la conclusión de que quien le había dado una golpiza fue solamente una persona y que incluso el supuesto robo era una mentira. ¿Qué motivos tendría un hombre como Enrique para ocultar la verdad? Cordero y yo lo desconocíamos.

 

   Todo comenzó cuando dos hombres llegaron al ministerio público, uno de ellos era un ex campeón de lucha libre profesional, un hombre con la edad suficiente para ser mi papá, unos centímetros menos alto que yo, con cabello canoso, brazos anchos, fuertes pectorales y embarnecido, el tipo era un toro. Iba acompañado de otro hombre mucho más delgado, un aprendiz de luchador en sus veinte. Según  me contó el ministerio público que los atendió, el hombre de mayor edad se resistía a poner la denuncia, había llegado con nosotros por insistencia de su acompañante más joven. Contrario a lo que pueda parecer, Alfonso “El Toro” Espinoza, se negaba a poner la denuncia, no por pena o vergüenza, sino porque había disfrutado el sexo con su agresor.


     —Él no tuvo la culpa, no fue violación, yo lo disfruté —declaró Alfonso.

 

     —¿No te da vergüenza decirlo, Toro? No le haga caso agente, es un hombre mayor y muy solitario, tras la muerte de su pareja hace cinco años, él no ha estado emocionalmente bien —afirmó su amigo.

   

     —¿Tú qué sabes, pendejo? Pinche Richy, habla cuando te pregunten —replicó el hombre de mayor edad.

 

     —Lo que te hizo ese cabrón no es correcto, y no está bien, tienes que entenderlo.  Tienen que hacer ustedes algo —dijo el muchacho dirigiéndose al agente del Ministerio Público.

 

    Se tomaron las declaraciones de ambos. Al presumirse que no había delito que perseguir, la carpeta fue puesta para archivo. Las condiciones de ambas agresiones eran similares. En el caso de Alfonso: una noche, un hombre delgado y enmascarado lo retó a una lucha en su gimnasio, la cual terminó en el sometimiento de “El Toro” y su posterior violación. Si Cordero tenía razón, en el caso de Enrique López: muy temprano por la mañana había sido desafiado a una pelea de box por un contrincante desconocido, quien presuntamente lo derrotó y posteriormente abusó sexualmente de él. Quizá por vergüenza, mi antiguo rival y campeón mundial de peso pesado, habría mentido, pero entonces, ¿por qué vino a poner una denuncia en primer lugar?


      La cosa se puso seria, a raíz de un tercer caso, descubierto por la mañana de este mismo día: una estrella de cine de acción hollywoodense, ex peleador de Artes Marciales Mixtas, un hombre atletico de origen asiático que mide 1.93 y  pesa 95 kilos, fue encontrado en un estado deplorable en el ring de un gimnasio que alquilaba para entrenar durante su estancia en la ciudad,  mientras grababa escenas de alguna película. 


Al leer los registros, siento algo de lástima por él. Scott Yang fue encontrado desnudo, inconsciente en una esquina, con la mejilla en el suelo y el trasero levantado. Abundantes rastros de semen adornaban su ano. Sus bolas se encontraban coloradas y muy hinchadas, asemejando las nalgas de  un mandril. Era muy claro que lo que este violador hacía para someter a sus rivales, era masacrar su hombría a golpes. Después de todo, debemos admitir que la fuente de nuestra virilidad y fortaleza, cuelga demasiado expuesta y vulnerable.

 

     Existen rastros de semen, probablemente saliva en la última escena del crimen, es un caso fácil de cerrar, ¿cierto? Nada más alejado de la realidad, las cosas no funcionan así. Tanto los abogados de esta estrella extranjera, como la gente del estudio cinematográfico, movieron sus influencias con el gobernador del estado para mantener el asunto en secreto, entorpeciendo la investigación. Además, aunque en efecto se recabaron algunas muestras, no podemos contrastarlas con una base de datos, somos un país de tercer mundo. Esas pruebas serán útiles, solamente si logro dar con algún presunto responsable.

 

     Estuve enojado la mayor parte de la tarde. Me sentí impotente cuando me ataron las manos. Lo entiendo: la situación era muy humillante, lo sucedido podía acabar con la reputación del ahora protagonista de películas de acción, quien se ufanaba de haber sido un peleador de verdad y de realizar todos sus stunts. Pero a pesar de ello, me encabronaba que no me dejaran cumplir con mi trabajo.

 

   En uno de los baños de la fiscalía lavé mis manos, eché agua en mi rostro, respiré profundo y concluí que todo eran conjeturas. Alfonso manifestó que no había delito que perseguir; lo de Enrique no era una certeza, de algún modo yo tendría que sacarle la verdad, y esa verdad podría no ser la que yo esperaba; por último, aunque el caso fuera descartado y no pudiera ser usado por la fiscalía, ni admitido por algun juez, yo debía intentar dar algún seguimiento extraoficial a lo sucedido con Scott. A partir de mañana, me aguardaba una avalancha de trabajo.

 


   Esta noche, al mirar en el monitor de mi computadora escenas de lucha erótica en un portal pornográfico, mi verga comienza a ponerse dura. Todo es actuado, no se hacen realmente daño. Frotan y entrelazan sus atléticos y musculosos cuerpos, mientras jadean y gimen con sus voces viriles. Pretenden golpear sus testículos, los agarran, más no los aprietan realmente, solo manosean sus genitales, todo para supuestamente someter al rival. 


Tras varios minutos de aprente castigo, llega el momento en que el vencedor se quita el calzón y desnuda también a su rival. Primero sexo oral, el derrotado debe mamar y tragar el semen del ganador; después, viene la penetración, el par de testículos del campeón se estrellan contra el trasero del macho perdedor. Sin pensarlo mucho, comienzo a frotar mi pene y a sujetar mis bolas, recordando al teniente que me cogí cuando tenía dieciocho años.

 

     —Buenas noches —dice una voz a mis espaldas. La puerta estaba entreabierta, no lo sentí llegar, es mi hijo: un muchacho de diecisiete años, debió heredar la genética de su madre, pues no creció mucho, mide 1.70 y pesa 65 kilos, a pesar de no ser tan musculoso, posee un cuerpo tonificado. Desde pequeño hace deporte, lo metí a clases de taekwondo y boxeo, como yo, por supuesto también jiujitsu y MMA. Mi hijo podrá ser flacucho, pero no es un debilucho, es un excelente peleador, como su padre. Viste con un pantalón de mezclilla y una sudadera holgada. Es rubio de ojos claros, y tiene buena presencia.

 

    —Eh… Pepe… no te sentí llegar —digo apenado. Desesperadamente, trato de cerrar el navegador de internet o poner pausa al video que estoy viendo, mi mente se confunde y termino por tapar torpemente el monitor con mis manos. Mi hijo solo sonríe.

 

      —Está bien, Pá, sabes que yo no soy quien para juzgarte —dice señalándose a sí mismo con ambas manos mientras mira al techo y sonríe para remarcar lo evidente. 


Él es homosexual, cien porciento, me lo confesó hace un par de años, mi hijo y yo tenemos una insuperable relación. Es un buen muchacho, bien portado, saca buenas calificaciones y es muy responsable, cuenta con mi plena confianza, creo que soy el padre más afortunado.


—Mejor rola el video —me dice sonriendo pícaramente.

 

     —¡Cállate José Alberto! Tú no puedes ver estas cosas —digo poniéndome en pie, levantando un brazo, simulando que voy a darle un revés a manera de broma—. Mejor vete a dormir, ¿cómo estuvo tu película? —le pregunto, él me avisó que iría con unos amigos al cine.El hermano mayor de uno de ellos lo traería a casa.

 

      —¡Fue genial! Una puta joya —al decir esto último, junta sus dedos y les da un beso abriendo posteriormente su mano—. Sí salieron los tres Spider-Man, sale Tobey y Andrew, y el Duende Verde fue lo mejor, no, bueno, Andrew también, ay es que ese Andrew —suspira—… en fin. Estuvo muy chida, todos en el cine gritábamos de emoción, Lucas y Esteban no lo podían creer. Esteban se disfrazó, llego con un traje de licra ceñido, su hermano es quien nos dio ride a Lucas y a mí.


—Espero conocerlo algún día, así como conozco a los papás de Lucas —comento con un dejo de reproche.


—Te va a caer bien, es súper chido. ¡Oh! ¡Y el gordo! ¿Te acuerdas del gordo? Ned, el que te cae mal. Resulta que es mágico, abre portales como el Doctor Strange. ¡Oh! Y Daredevil, el de la serie de Netflix, ¿recuerdas? También sale, bueno solo un ratito, hace una escena media pinche, pero ya es canon.

 

     —¿Matt Murdock es canon? Hay que irla a ver este fin de semana —respondo. Recuerdo cuando José y yo maratoneábamos esa serie.

 

     —Cuento con ello, Pá, la quiero volver a ver —dice mi hijo sonriendo, se acerca para darme un corto abrazo y sube a su habitación—. ¡Una puta joya! —recalca mientras sube las escaleras.

 

    En el monitor de mi computadora la pantalla se ha puesto negra y un botón de “play” aparece en el centro. El video que estaba mirando terminó. Mi pene sigue ligeramente erecto, José debió notarlo, sobre todo al abrazarme. Ese chico vale oro, de verdad que sí, me saqué la lotería con él.



Como la nueva tendencia de streaming, donde las series estrenan más de un capítulo al iniciar. Puedes desde ya, leer la parte dos de esta historia, esta sí contiene Ballbusting.


»Leer la parte dos



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