CAZADOR DE GIGANTES 4/7: Enrique López - Las Bolas de Pablo

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18 feb 2022

CAZADOR DE GIGANTES 4/7: Enrique López

    Contiene: ballbusting hombre/hombre

 

    Es viernes, no llegué a dormir a la casa. Había quedado con mi hijo Pepe para cenar, es lo que hubiera querido hacer. Lamentablemente, de camino recibí una llamada de mi compañero. Yo no investigo los casos por mi cuenta, recibo ayuda. Él hace todo lo que a mí me aburre: búsqueda de antecedentes, cotejo de información, cruce de datos, etc. No me malentiendan, en ocasiones, realizar estas actividades puede llevar a hallazgos importantes y generar líneas de investigación. Cuando era más joven estuve en esa posición, ayudé a resolver algunos casos de esa manera.


     Mi asistente, Juan Carlos Cordero Carranco, es un hombre de 24 años, posee cabello oscuro y rizado, piel clara, ojos azulados. Mide 1.70, como la mayoría de los hombres en este país y es esbelto. Siempre viste a la moda, debo reconocer que debido a su delgada figura, la ropa le luce muy bien, parece modelo sacado de revista, es un chico muy elegante y debo reconocerlo, guapo. Proviene de una familia influyente: su padre fue ministro en la Suprema Corte, ha sido secretario de gobierno y actualmente, encabeza al senado de la república.


Juan Carlos Cordero Carranco

    —¿Qué pasa, Cordero? —pregunté respondiendo el teléfono en el altavoz del auto, mientras manejaba rumbo a mi hogar.


    —Tienes que venir de inmediato, te paso la ubicación por mensaje —dijo mi asistente.

    

    —¿Por qué? ¿Qué pasó?


    —Encontramos a un luchador profesional japonés tirado en un contenedor de basura.


    —¿Cómo?


    —Está al borde de la muerte, exhibe indicios de violación, el sujeto mide 1.82, pesa 85 kilos, los forenses ya se están encargando de recolectar muestras de todo. Fue llevado de urgencia al hospital donde se reporta como grave, me parece que lo indujeron a un coma para salvarle la vida, se espera que reaccione favorablemente en las próximas horas —comenta Cordero con su voz de muchacho.


     —¿Cuándo ocurrieron los hechos?


     —Se estima que por la mañana de este mismo día, entre las siete y las nueve de la mañana, el hallazgo fue hecho hace poco más de una hora, yo llegué al lugar hace veinte minutos, he estado recabando datos —informa Cordero.


    Debido a las diligencias de este caso y su relevancia para mi investigación, decidí pasar la noche en el ministerio público. Intercambié información con Cordero, al decirle lo que yo sabía, él se mostró emocionado, dijo que tal vez habría encontrado una conexión que derivaría en una buena línea de investigación. No quiso especificar, solo dijo que indagaría más, que apenas tuviera algo concreto me lo haría saber. A veces parece que soy yo quien trabaja para él. La verdad Carlos es eficiente, responsable y comprometido, creo que es la persona más inteligente que conozco. Es gracias a él que este caso comenzó, nadie más hubiera hecho las conexiones, solo su mente brillante. Yo continuaré con los interrogatorios y pesquisas. Lo cual me lleva a Enrique: el peso pesado campeón mundial de boxeo. 



     Antes de dirigirme a su gimnasio, pasé a la casa a bañarme y a desayunar, a pesar de todo, Pepe me dejó hecho el desayuno y una nota que me alegró el día: 


“Seguramente te quedaste trabajando. 

Hoy sí llegas temprano a la casa, ¿cierto? 

Cuento con ello, te veo al rato, Pá. 


Pepe”


     Justo cuando leía su nota, recibí varios mensajes de él en mi teléfono. Me decía que como era fin de semana y último día de clases del año, pasaría la tarde con sus amigos: Lucas y Esteban. El grupo iría a una plaza comercial, luego practicarían parkour en algún parque y quizá pasarían la tarde noche con él en la casa. Dijo que pediría pizzas, sushi o tacos, que le dejara dinero en la cocina, así lo hice. 


     Era el medio día cuando llegué al gimnasio de Enrique. Tuve que esperar una hora por él, pues al momento de mi arribo se encontraba dando clase. Me entretuve viendo su forma de enseñar, el tipo es un bravucón al que le toleran todo por su estatus de campeón. El lugar es muy lujoso, cuenta con el mejor equipamiento, de las mejores marcas, nada que ver con el cuchitril del Toro. Solo gente con dinero puede costear esta mensualidad, él claramente hace algunas distinciones, supongo que a los que mejor trata son los que tienen mayor poder adquisitivo.


     El gigantesco hombre de 1,98 de estatura se dirige a mí, yo me encuentro sentado en una banca, al ponerme en pie, mis ojos apenas llegan a la altura de su boca. Él viste con un short holgado y una playera de algodón. 



     —¡Berto! ¡Cuánto tiempo! ¿Qué te trae por aquí? —dice colocando la mano en mi hombro con extrema confianza.


     —Detective Toledo —lo corrijo al tiempo de que quito su mano de mi cuerpo—. Vengo por una denuncia que presentaste acerca de un asalto que ocurrió aquí.


     —Eso tiene semanas, ya vinieron, revisaron todo, me hicieron preguntas, pensé que todo estaba claro —dice el enorme hombre de piel morena y cabello negro—. ¿Atraparon a los delincuentes? ¿Es eso lo que vienes a decirme?


    —¿Podemos hablar en privado? —solicito de forma enfática, él me lleva a una lujosa oficina al fondo de su gimnasio.


     —Dime, ¿qué noticias me tienes? —pregunta jalando una silla ejecutiva, despatarrándose en ella e invitándome a tomar asiento en un sofá.


     —La evidencia contradice tu declaración. ¿Qué fue lo que ocurrió realmente? —pregunto—. ¿Qué oculta el campeón de boxeo?


     —¡Ahí está!, ese tonito, el modo en que dices “campeón de boxeo”. Sigues molesto, ¿verdad?, no lo has superado, yo tuve una carrera exitosa y tú no, ¿es eso? —comenta con desdén.



     —Es claro que intentas desviar mi atención —afirmo—. No deberías hacerlo. La persona que te atacó es peligrosa, se lo hizo a otros dos hombres, creemos que a otro más, mismo que se debate entre la vida y la muerte en el hospital. Todos ellos, hombres grandes, fuertes y musculosos, no tan grandes como tú, claro, tú eres enorme. Cualquier información que me des puede ser de utilidad, si callas, eventualmente puede haber consecuencias penales para ti, ya debería haberlas, de hecho, por perjurio.


     —¡Wow! ¡Qué severo! No tengo nada que agregar, detective Toledo.


     —Todo lo que me digas es extra oficial, tu denuncia no es por violación, sino por robo, nada de lo que me digas será usado…


     —¿Violación? ¿Quién te has creído? ¿Quién consideras que soy? ¡Mírame bien! ¿Piensas que alguien puede atreverse a eso, sin que lo muela a golpes y lo convierta en parte del pavimento? —dice con molestia, poniéndose de pie—. Opino que debes irte. No tengo nada más que agregar. 


     El boxeador se dirige a la puerta y la abre invitándome a salir. En ese momento suena mi teléfono, me levanto para dirigirme a la entrada. En la pantalla del celular aparece la foto en grande de mi hijo. Él me informa brevemente dónde está y cómo ha ido su día, es una llamada corta, de apenas dos minutos. Al colgar, Enrique me mira de una forma muy seria.


     —¿Quién es ese chico? El de la pantalla—pregunta el boxeador.


     —Es mi hijo, Pepe.


     —José Alberto Toledo Williams, ¿cierto? —Enrique menciona el nombre completo de mi hijo, se dirige a un archivero detrás de su escritorio, lo abre y arroja hacia mí un breve expediente con información sobre Pepe. 


     —¿Qué significa esto? —pregunto desconcertado.


     —Es él, el hombre que buscas, el peligroso, el criminal, es él —sentencia el hombre jalando su silla para sentarse detrás del escritorio apoyando los codos en este y entrecruzando los dedos para apoyar el rostro en sus manos. 


    —No digas mamadas, ¿qué significa esto? ¿Por qué tienes un expediente de mi hijo? —pregunto enojado, arrojando los documentos al escritorio.


    —Vino a inscribirse hace un par de meses. Tomó clases durante cuatro semanas. Justo después de lo ocurrido, él dejó de venir.


    —¿Qué es "lo ocurrido", según tú? —cuestiono de forma burlona.


    —Ya lo sabes, me atacó y me violó —responde fríamente el colosal hombre. Mientras se pone de pie para acercarse a mí. 


    —Debes estar bromeando, Pepe no podría, él jamás —comento con incredulidad—... Además, mírate, eres enorme, él es chiquito, es un niño. ¡Por Dios!


    —Eso que criaste no es un niño, los niños no tienen herramientas de treinta centímetros entre las patas, es un monstruo. ¿Cuál es la descripción física de tu sospechoso? —Enrique me pregunta. Yo comprendo que los rasgos coinciden con mi hijo, siento que las piernas me flaquean. Me dejo caer sobre el sofá.


     —No sé qué sea lo que tienes en contra mía. Sí, mi hijo pudo haber venido aquí, desde pequeño lo he entrenado y llevado a entrenar, pero eso no significa que él... Él no podría hacer lo que dices, cabrón. No voy a permitir que siquiera lo insinúes —digo poniéndome en pie cerrando los puños. Tal vez no pueda vencerlo a golpes, pero podría someterlo con alguna llave. 



    Antes de que me incorpore por completo, el hombre pasa sus manos por atrás de mi nunca para hacerme un clinch y me suelta cinco poderosos rodillazos en los testículos. Solo recibí tres, ya que conseguí bloquear dos, colocando mis antebrazos para protegerme, aun así, esos tres golpes fueron demoledores. Yo grito de dolor, gimiendo cierro las piernas y llevo mis manos hacia mi hombría. Antes de que caiga de rodillas, él me sostiene de los hombros y me lanza con fuerza contra un muro. Al impactar mi cuerpo, mis brazos terminan a mis costados durante unos segundos. El hombre se arrodilla y velozmente colisiona sus puños contra mis bolas haciéndome un poderoso combo de dos ganchos y un uppercut. Yo escupo mientras grito ahogadamente y caigo, ahora sí, de rodillas, completamente debilitado.


     Únicamente deseo recostarme en el suelo y sobar mi hombría mientras me quejo. Pero él no lo permite, apenas mis rodillas tocan el suelo, él me empuja hacia el frente, haciéndome quedar en cuatro. De inmediato inserta su mano entre mis piernas, y sujeta con fuerza mi par de heridos testículos para tirar de ellos y apretarlos. Yo siento que la vida abandona mi cuerpo, emito un alarido de desesperación, mi rostro se deforma por el dolor. Sin soltarme, el hombre restriega su entrepierna contra mi trasero, a pesar de la ropa de ambos, puedo sentir su gordo trozo flácido de carne, el cual corresponde con su estatura. Él mueve hacia adelante y hacia atrás su pelvis impactándose contra mis nalgas. 


    Segundos después, él cesa el castigo, se pone de pie y yo me enrollo en posición fetal en el suelo, ni siquiera puedo emitir palabra alguna, siento ganas de vomitar y todo mi cuerpo tiembla. Toso y jadeo para recuperar el aliento, por más que sobo mis órganos masculinos, el dolor no parece ceder. El hombre abre un frigorífico que hay en su oficina y arroja hacia mí una compresa.


    —¿Querías saber qué fue lo que ocurrió aquel día? Pues eso fue lo que ocurrió, ahora ya lo sabes. Eso fue lo que tu asqueroso hijo me hizo —comenta Enrique sentándose en el sofá con las piernas abiertas, yo me retuerzo de dolor a sus pies. 


    Él coloca su botín en mi mejilla y ríe burlonamente. Yo lo retiro agresivamente con la mano y me arrastro lejos de él, todavía sin poder siquiera arrodillarme.


    —El maldito me tomó por sorpresa, igual que yo a ti. En una pelea normal, alguien como él no tendría oportunidad, pero es traicionero y sucio —explica el boxeador.


     —¿Por qué estás tan seguro de que era mi hijo? ¿Acaso no llevaba máscara cuando te atacó?


     —Sí, llevaba una máscara negra, como de luchador, pero lisa completamente, un pantalón negro de licra, guantes negros de grappling y botines del mismo color. Pero sé que fue él. 


     —¿Por qué estás tan seguro, maldito perro?


 

    —Por las cosas que comentó. ¿Sabes qué hizo luego de penetrarme? —pregunta el hombre. Como no respondo, él prosigue—. Me golpeó en la cara con un disco metálico de 6 kilos, yo estaba noqueado, totalmente inconsciente. Él me ató, y usando una polea del mismo gimnasio, me levanto hasta suspenderme sin que mis pies tocaran el piso, me colgó como un costal de boxeo y comenzó a golpearme. Como es chaparro, o yo muy alto, la parte de mi cuerpo que le quedaba a la altura de su cara, para golpear era mi entrepierna. Golpeó mis huevos repetidamente sin descanso, de todas las maneras posibles. Yo podía sentir el palpitante dolor extenderse por mi cuerpo y como mis albondigas eran aplastadas por sus guantes y sus manos con vendas. Incluso los agarró y apretó, me hizo llorar y suplicar. Eso se llama tortura, tu maldito vástago es un psicópata —afirma con enojo—. Yo estaba amordazado, mis gritos no se escuchaban. Fue lo más humillante que me ha pasado. ¿Te imaginas? A un gigante de dos metros atado y suspendido como saco de box.


     Enrique bajó su short y ropa interior, dejando al descubierto su hombría, en la cual todavía se observaban rastros de golpes. A pesar del tiempo, sus genitales no habían sanado por completo. Algunas partes lucían enrojecidas y oscurecidas. Él hace a un lado su gruesísimo pene de 14 centímetros en reposo y jala sus grandes bolas para mostrarme un bulto anormal en una de ellas, no lucen grandes porque él de por sí es grande, pero de cerca son casi como toronjas.


    —¿Ves esto? Me mandaron hacer estudios para determinar si es un daño grave o no. Si me terminan extirpando alguno de mis testículos, te aseguro que mataré al malnacido de tu hijo —comenta el boxeador—. Todo lo que he hecho hasta el momento va a ser el cielo comparado con lo que le espera.


    —¿Cómo que todo lo que has hecho? —pregunto apoyando mi espalda contra una pared, mientras permanezco sentado en el suelo acunando y frotando mis bolas.


    —Eso no es lo importante. Tu hijo es un criminal. Lo que voy a hacer en este momento, es ir al ministerio público y denunciarlo —dice mientras busca en un cajón de su escritorio algunos papeles—. Son mis estudios médicos, esto avala la violencia con la que tu hijo me atacó. Lo voy a refundir en la cárcel. Va a ser juzgando como un adulto. Hoy cumple 18, ¿no?


      Viernes, 17 de diciembre. ¡Maldita sea!, es verdad, hoy es su cumpleaños y no lo recordaba. Siendo honestos, jamás lo recuerdo, no es solo esta ocasión. ¡No puede ser! Él lo sabe por su expediente de inscripción al gimnasio de boxeo.


     —¿Por qué? ¿Por qué si te avergonzaba ser derrotado por alguien tan pequeño, tú pusiste una denuncia en primer lugar? —pregunté—. Podías haberlo ocultado.


El gigante, entrenando


    —El cabrón me dejó colgando, suspendido como costal. Mi secretaria y un entrenador del gimnasio me encontraron de esa forma. Pasé casi veinticuatro horas así. Los lunes son mis días especiales, el gimnasio no abre, entreno con mi coach, pero él no podría asistir aquel día por una situación familiar. Tu hijo aprovechó para atacarme justo ese día. No pude ocultarlo, me vieron, así que tuve que ir y poner alguna denuncia —comenta mientras me mira con desprecio.


     —Que quedaste como costal por casi un día completo, eso no lo declaraste. —digo jadeando desde el suelo.


     —Quise quedar lo mejor parado posible, el robo fue lo más fácil de inventar. Soy un campeón mundial de peso pesado, después de todo —comenta y abandona la oficina. 


    Yo no me pude poner en pie hasta pasados cinco minutos. Llamo a Pepe para preguntar dónde está. Su teléfono me manda directo a buzón, aquello rara vez pasaba, no hacía ni quince minutos que me llamó. Conduzco a toda velocidad a la plaza comercial donde dijo que estaría, luego al parque donde se supone practicaría parkour con sus amigos. No logro hallarlo, son las cinco de la tarde cuando decido volver a casa y esperarlo. Lo encuentro en la sala riendo con sus amigos mientras juegan videojuegos. 


    —¿Por qué no me contestas el celular? —pregunto azotando la puerta al entrar.

 

   —Se me acabó la batería y no lo he conectado —responde desconcertado. Sentado a su lado se encuentra Esteban, quien físicamente se le parece tanto, que cualquiera que los viera juntos pensaría que son hermanos, misma estatura y peso, color de piel y ojos. En un sillón contiguo está Lucas.


     —Necesito que se vayan, tengo que hablar con Pepe a solas —digo a sus amigos. 


    —¿Qué te pasa? ¿Por qué los corres? —mi hijo se pone en pie y reclama.


    —No tengo tiempo para estas tonterías, José Alberto —recalco mientras miro con molestia a sus dos amigos.


     —Me estás avergonzando, Pá —dijo él—. Y es mi cumpleaños. 

   

     El primero en salir de la casa es Lucas, un chico flaco y alto, mide 1.84, tiene el cabello oscuro y rizado, él ha sido el mejor amigo de Pepe desde la primaria. Le sigue Esteban, quien llegó a la escuela en este último semestre, tuvo un problema que desconozco en su anterior preparatoria, incluso se tomó un año sabático, el chico tiene ya 19 años. Hace poco más de tres meses que se junta con mi hijo, sin embargo, se han vuelto muy cercanos. 




     Cuando estamos solos, mi hijo y yo. Descubro sus brazos, recorriendo la manga larga de su playera, y encuentro que estos estaban llenos de moretones. Enseguida retiro toda su playera, descubriendo su torso, hallando más lesiones. 


    —¿Qué significa esto, José? ¿Por qué estás así? ¡Qué has hecho, maldita sea! ¿Cómo pudiste? —pregunto con una mirada de decepción—. ¿En qué momento?


    —Unos chicos me han estado molestando y acosando, pertenecen a un club de box al que asistí, me atacan en bola, yo nada más me defiendo. Llegan a ser cinco, a todos los derroto, pero no salgo ileso. No te lo había dicho, porque no quería darte problemas, Pá —dice mi hijo, yo lo miro con el rostro desencajado—. No sé qué tienen contra mí o por qué lo hacen, pero básicamente me andan cazando. Creo que el señor Enrique los envía para que me maltraten, no sé qué piensa él que yo le hice, pero han estado acosándome.


    —¿No sabes qué le hiciste? —cuestiono aproximándome de forma  intimidante a mi hijo, provocando que él se apoye de espaldas contra una pared. Me mira con algo de miedo— ¿En serio no sabes lo que hiciste?


    —No lo entiendo… Pá. ¿Qué pasa?


    —Te pedí que me contaras la verdad, no la película de Karate Kid —respondo golpeando la pared al lado de su rostro— ¡Maldita sea, José! ¿Por qué? ¿Cómo pudiste? Todo esto es mi culpa, te di demasiada libertad y confié en ti, más de lo que debería.


    —No entiendo nada… Pá —responde con aparente confusión—. ¿Qué se supone que hice? 


    Llevo las manos a mi cara y respiro profundamente, trato de hacerlo varias veces mientras reflexiono las cosas: aunque Enrique no sabía que él era mi hijo, sí lo tenía identificado como su agresor. Al ser menor de edad, era lógico que no podía vengarse, por eso pudo haber mandado a estudiantes de su escuela para echarle montón. ¡Por Dios! Parece la trama de la serie Cobra Kai, pero es plausible. «Todo lo que he hecho hasta el momento va a ser el cielo comparado con lo que le espera» fue lo que Enrique me dijo.


    —¿Qué hacías tú en ese lugar? ¿Por qué te inscribiste en la escuela de Enrique López?


    —Él es el mejor boxeador que existe actualmente, es originario de aquí, de Tlaxcala, quise aprender de él. Era caro, así que cancelé las otras lecciones: taekwondo, jiujitsu brasileño, MMA, con el dinero de todo, conseguí pagar una mensualidad.


    —Solo te lo voy a preguntar una vez más, José. ¿Por qué te inscribiste en la escuela de Enrique López? —pregunto con severidad—. A ti no te gusta el box, lo consideras aburrido, por eso practicabas MMA


    Luego de dudar un poco, mi hijo responde. 


    —Ese hombre es un abusador, un bravucón. Esteban vio que yo sabía pelear y quiso aprender, él ni siquiera sabe cerrar bien el puño. Pagó una mensualidad, pero no lo toleró, a la segunda semana lo abandonó. Ese señor Enrique lo humillaba, lo hacía quedar al centro de un círculo para que los demás lo golpearan como costal de boxeo viviente. «Es para que aprendas a recibir golpes y pierdas el miedo» Le decía, pero las cosas no son así. Yo toda la vida he practicado deportes de contacto y artes marciales, eso era mentira. Mi compa comenzó a estar más golpeado de lo que me ves tú ahora, así que me inscribí para darle una lección a ese boxeador.


    —¿Y la lección se te salió de control?


    —¿Qué? ¿De qué hablas? No. Esteban me convenció de dejar eso por la paz, así que lo dejé de ir. Las cuatro semanas que asistí, fingí no saber pelear y él hizo lo mismo conmigo, yo lo experimenté, ese tipo está enfermo, es un sádico, no es buena persona.


    —Por eso hiciste lo que hiciste —afirmo. Ahora me quedaba claro el tema del costal. Enrique trataba como costales a los débiles, por eso mi hijo lo convirtió en uno. 


     Yo lo miro a los ojos y por un breve instante tengo la total certeza de que él es inocente, idea que rápidamente desaparece. No es que mi mente albergue la posibilidad de que mi hijo, lo que yo más quiero y lo único que creía haber hecho bien sea un desalmado violador. Pero sí considero que mi ausencia como papá y mi negligencia, pudieron dar pie a ello. Sé que no he sido buen padre, hice lo que era más cómodo para mí. Fui irresponsable y solamente lo dejé crecer por su cuenta, esperando obtener el mejor resultado.


    —No entiendo, Pá. ¿A qué te refieres? Yo no he hecho nada malo. Cuando me atacan en bola, trato de no lastimarlos, me contengo. He logrado rescatar mi cara para que tú no te dieras cuenta. Llegando a casa me pongo hielo en la cara para prevenir moretones. Te juro que no he hecho nada malo. 



    En ese momento suena mi celular, es Cordero.


     —¿Bueno? Alberto.


    —Dime


    —Las cosas se salieron de control. Vino Enrique López, el boxeador, a poner una denuncia muy seria en contra de tu hijo, trajo prensa y medios para hacer presión. Dijo que el culpable es hijo de un detective del ministerio público. La noticia no tarda en volverse viral en redes sociales, ya es noticia nacional.


     —Entiendo.


    —Y… y cómo tú estás directamente involucrado, me nombraron detective titular encargado del caso, y me lo asignaron. La presión mediática es mucha, Enrique es una celebridad. El Juez ya giró una orden de aprehensión en contra de tu hijo, van a por él, por eso te llamo —explica Carlos—. Tienes que esconderlo, solo unos días, en lo que doy con alguna línea de investigación que lo exculpe. No debes permitir que el chico pise el sistema judicial. Llévatelo a un lugar seguro, ponlo a salvo.

   

    —Eso es lo que harían en tu familia, ¿no? —respondo con hartazgo.


    —¿A qué viene eso? No te entiendo. Yo te doy un consejo como tu amigo que soy.


    —Eso es lo que haría un Cordero Carranco, tienen los medios e influencias para huir, incluso para dejar el país. Tu papi es influyente y tu mamá se pudre en dinero.


    —Comprendo que estás alterado, así que voy a colgar y pretender que no has dicho lo que dijiste —Carlos cuelga enseguida.

 


   ¿Acaso cree que soy como él y su familia? Yo tengo moral y valores. Aunque me duela, mi hijo debe seguir el debido proceso y demostrar su inocencia, si es que es inocente o ir a la cárcel. Yo no soy juez, nunca lo he sido, solo soy parte de la fiscalía, mi trabajo es encontrar sospechosos y llevarlos ante la justicia. 


     —¿Pá? ¿Qué sucede? —pregunta mi hijo. 


     —Los actos tienen consecuencias. Eso es algo que tienes que aprender —digo abrazándolo con fuerza, como si me despidiera de él. Él me devuelve el abrazo, no sé si de verdad no entiende las cosas o se finge inocente. 


     Yo no le quito la vista de encima hasta que la policía toca a nuestra puerta. Unos hombres entran, yo coloco mis manos a la vista y permito que hagan su trabajo. Al principio, mi hijo me mira con incredulidad, después con enojo; intenta resistirse, golpea a tres de ellos, pero yo elevo mi voz para ordenarle que se calme. Él obedece, mirándome con mucha aflicción. Cabizbajo acepta ser esposado y conducido a una patrulla que lo llevará a prisión preventiva. 


   Oficialmente, es un adulto, así que no necesita de la presencia de ningún tutor. Un abogado, conocido mío, quien es el mejor que yo conozco, llevará su caso. Luego de casi 48 horas durante las cuales yo sé que lo estuvieron interrogando para obtener una confesión, me permiten verlo. Como pretexto, me piden llevar un bote de plástico conmigo para entregárselo. Si no logran encontrar nada contundente contra él durante las próximas veinticuatro horas, tendrán que liberarlo.

 

    Lo encuentro encorvado con los codos recargados en una mesa a la cual está encadenado.


     —¿Cómo estás? —pregunto, él no levanta la cabeza ni responde, solo escucha— Todo se resolverá con el debido procedimiento, no te preocupes —continúo hablando sin obtener respuesta—. Ten, te van a llevar a un cuarto privado, es para que lo uses. En él debes depositar tu… semen, es para unos análi…


    Súbitamente, mi hijo reacciona con violencia aventando el envase con la mano, levanta la cabeza y me mira con mucho rencor.


    —¿Qué hora es? Estimo que es domingo, pero, ¿qué hora es? —pregunta.


   —La seis de la tarde —él deja escapar una risa con desdén al escuchar mi respuesta.


    —¿Sí sabes dónde deberíamos de estar, tú y yo? —él dice, yo no sé qué responder—. Claro que no lo sabes. Si ni de mi cumpleaños te acordaste. Íbamos a ir al cine a ver Spiderman, en fin, supongo que eso no es importante, obviamente no es importante.


     —No puedo creer que en la situación en la que estás pienses en eso, José.


      —Ya me dejaron claro: los cargos de los que se me acusa. Yo no puedo creer que en la casa no me preguntaste si yo lo había hecho, tú simplemente me preguntaste, ¿por qué? —expresa con los ojos húmedos y la voz entrecortada—. Tú, mi padre, me supone capaz de hacer tales…. —él frunce la cara con desprecio— ¡Qué asco! —apoya la cabeza sobre sus brazos en la mesa y cubre su rostro—. Puedes irte, ya recibí el envase. Ya me sacaron sangre y muestras de saliva, tomaron mis huellas dactilares, me desnudaron y me tomaron fotos para verificar si tenía alguna marca, lunar o tatuaje característico, lo único que les hacía falta era mi semen. Incluso quieren revisar el tamaño de mi pene en erección.


    —¿Cuánto te mide? ¿Menos de treinta? Con ese solo detalle puedes salir libre —comento. Él me mira con desprecio.


    —¿Me estás pidiendo que les enseñe mi pene erecto? Chinga tu madre —responde.


    —No hay evidencia real en tu contra, fuera de la presión que ejerce Enrique. Estoy seguro de que en veinticuatro horas podrás salir. He estado haciendo mis propias averiguaciones, una línea de investigación me conduce al hermano mayor de Esteban, ya sé quién es él, hijo, no lo vas a creer...


    —¡No me llames hijo! No tienes derecho a llamarme así. No lo mereces. Yo, no merezco esto. Creo que fui un buen hijo, ¿tuviste alguna queja de mí? ¿Te di problemas? Puse todo de mi parte, siempre pensando en ti. ¡Qué imbécil!


    —Supongo que tienes razón…



     —¿Supones, ah? ¿Tú supones? Esperaba que dijeras que yo tenía razón, no que lo supusieras. ¡Lárgate! —me grita con lágrimas en los ojos—. No quiero volver a verte, yo te odio. Realmente lo odio, detective Alberto Toledo.


    Al salir, encuentro a Carlos, él estaba esperando mi salida, necesito conversar algunas cosas con él, acerca del hermano de Esteban. Tengo el corazón destrozado y siento un hueco en el estómago, estoy seguro de que cometí un irreparable error.


   Fuera o no culpable, yo soy el primero que debió dar por sentada su inocencia, hasta que no se probara lo contrario. Aquel no solamente era el principio fundamental de ley, también era lo mínimo que Pepe se merecía de mí como su padre. No pensé bien las cosas, estaba ofuscado, ni yo mismo tuve tiempo de procesar la información. Fui un estúpido, acabo de perder lo más valioso que había en mi vida: la relación con mi hijo. Lo peor es, que aún en este momento, no creo al cien por ciento en su inocencia. ¿Qué clase de padre soy?


Nota: Al modelo que es el hijo le hice gesto de enojado con la FaceApp. Siempre está sonriendo.

     

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