Supervulnerables III: Oceanstud - Las Bolas de Pablo

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24 mar 2022

Supervulnerables III: Oceanstud


 
Escrito por: FabiƔn Urbina


El hombre pez sabĆ­a todo sobre el robo de perlas negras, asĆ­ que no se permitiĆ³ mentir al joven rey del Mar de Carpentaria, el poderoso Oceanstud: su altura de dos metros, la piel azul como el cielo y un cuerpo esbelto con mĆŗsculos torneados maravillaban a cualquier interlocutor del soberano.

—Majestad, mis ojos fueron testigos del hurto por manos de las sirenas. Ellas encantan con su voz a los guardias de los huertos de perlas y se apoderan de ellas.

—¿Y para quĆ© las roban?

—Mi seƱor, sĆ© que hablo de mĆ”s y arriesgo mi cuello, pero las sirenas se las entregan a los marinos humanos a cambio de grandes cantidades de piedra pumita, un mineral terrestre con el que ellas limpian y pulen sus colas de pez.

De inmediato, Oceanstud nadĆ³ velozmente hacia la zona abisal, hogar de las sirenas. No dio aviso al general de su ejĆ©rcito, pues sabĆ­a que esas criaturas no opondrĆ­an resistencia a su soberano. Gracias a sus veloces piernas, recorriĆ³ en segundos los cuatro mil metros de profundidad marina hasta llegar al nivel donde ellas habitaban. Al llegar, llamĆ³ con urgencia y enfado a la reina de las sirenas. La cautivante criatura, mitad pez y mitad mujer, se le acercĆ³ muy decidida.

—¿A quĆ© debo su visita, rey Oceanstud? Usted no suele venir a tan bajas profundidades —dijo con una voz que hubiera encandilado a cualquier macho, pero no al soberano, quien era inmune al encanto oral de las sirenas.

—Ondina, sĆ© que tus sĆŗbditas osaron robar perlas negras de los huertos reales. Y no desconoces que el reino de Carpentaria las necesita para dotarse de energĆ­a. Entonces, ¡¿por quĆ© permites este ultraje al reino?!

La reina de las sirenas sonriĆ³ con una mueca que bien parecĆ­a una filosa daga.

—Oh, poderoso rey, permĆ­tame disculparme por el atrevimiento de mis hijas. PermĆ­tame llamarlas para que expĆ­en su culpa.

Ondina emitiĆ³ unos sonidos guturales que atrajeron rĆ”pidamente a una veintena de sirenas. Todas colocadas alrededor de Ondina y Oceanstud, no representaban amenaza alguna para el vigoroso monarca.

—Hijas, han cometido un tremendo delito contra las riquezas del Mar de Carpentaria —dijo Ondina solemnemente—. SĆ© que tĆŗ, PertĆ©nope, eres la lĆ­der de este grupĆŗsculo —se dirigiĆ³ a una sirena corpulenta de piel oscura—. AsĆ­ que inclĆ­nate ante nuestro rey, suplĆ­cale su perdĆ³n y somĆ©tete a su castigo.

La enĆ©rgica PertĆ©nope hizo una reverencia a Ondina y se inclinĆ³ con humildad ante Oceanstud.

—Lo siento mucho, majestad —dijo con fingida humildad

Oceanstud captĆ³ de inmediato la falsedad, pero no tuvo tiempo de objetarla porque, sin saber cĆ³mo ocurriĆ³, de pronto sintiĆ³ un dolor debajo de su vientre que nunca habĆ­a experimentado: un repentino debilitamiento que aflojĆ³ todos sus mĆŗsculos, un dolor intenso en sus genitales que se extendiĆ³ a todas sus extremidades y una fuerte necesidad de proteger su zona inguinal con sus potentes manos.

—¡Q...¡ ¿QuĆ© me hicieron... malvadas cr-criaturas? —alcanzĆ³ a balbucear.

—PertĆ©nope acaba de hundir su cola en tus dĆ­dimos —respondiĆ³ Ondina—. Los marinos nos informaron sobre las debilidades de los machos como tĆŗ; por eso, ahora sabemos que tus sobresalientes gĆ³nadas son el punto dĆ©bil que se debe atacar para derrotarte. Lo que sientes es conocido como “dolor testicular” por los humanos.

El suplicio de Oceanstud era intenso y no le permitĆ­a enderezarse.

—¿Pe... pero por quĆ©? Nunca las he agravado. Al contrario, mi padre, mi abuelo y yo siempre las hemos protegido.

Dos sirenas se acercaron a Oceanstud para sujetarle las manos, mientras que otras dos le separaban las piernas ampliamente. El rey estaba confundido, pero creyĆ³ que tal vez lo asistirĆ­an en su dolor. Se equivocaba.

Una sirena pelirroja rebotĆ³ dos veces su cola sobre las dĆ©biles gĆ³nadas del rey. Pero ahora Ć©l no pudo tener el consuelo de sobar sus genitales porque las sirenas lo mantenĆ­an sujeto con una fuerza considerable. SĆ³lo se limitĆ³ a gritar adolorido.

—Mi rey —continuĆ³ Ondina mientras Oceanstud jadeaba—, dentro de poco sabrĆ”s el motivo de nuestra osadĆ­a. Pero te adelanto que nunca fue nuestra intenciĆ³n robar las perlas. MĆ”s bien, lo hicimos para obligarte a venir a nuestro reino.

Oceanstud se recuperĆ³ por un momento y con sus cuatro extremidades lanzĆ³ lejos a las sendas sirenas que lo apresaban.

—¡Ondina! ¡Te harĆ© pagar por agredir a tu monarca!

Sin alterarse, la reina emitiĆ³ un grito agudo. Oceanstud se acercĆ³ velozmente a ella, pero fue detenido por cuatro tentĆ”culos que aplicaban una fuerza descomunal sobre sus brazos y piernas y lo volvĆ­an a colocar en posiciĆ³n de equis.

—Gracias, Architeuthis —dijo Ondina a un colosal calamar gigante cuya fuerza era superior a la del musculoso monarca.

—¡S-suĆ©ltame! ¡Te lo ordena tu rey! —exigiĆ³ inĆŗtilmente Oceanstud a la bestia.

Ondina se acercĆ³ y le sujetĆ³ los testĆ­culos como si exprimiera el jugo de un pulpo.

—Espera, mi dĆ©bil soberano —respondiĆ³ la reina mientras despojaba al sufrido Oceanstud de su traje de algas marinas que cubrĆ­a sus portentosos genitales.

La sirena hizo una seƱa al calamar gigante, que de inmediato hundiĆ³ uno de sus tentĆ”culos en el esfinter anal de Oceanstud. La sorpresa, la indignaciĆ³n y el dolor rectal del joven rey quedaron en el olvido cuando el tentĆ”culo se adhiriĆ³ a la sensible prĆ³stata y la estimulĆ³ con vigor. De inmediato, el descomunal falo de Oceanstud se irguiĆ³ como el mĆ”stil de un barco. Ondina sonriĆ³ con satisfacciĆ³n.

Enseguida, tres sirenas golpearon varias veces las gĆ³nadas del atlĆ©tico soberano, que empezaban a hincharse. Luego, Ondina llamĆ³ a un tiburĆ³n martillo que hundiĆ³ su dura cabeza en la ingle del rey, cuyo dolor aumentaba la potencia de su erecciĆ³n.

Ondina volviĆ³ a la carga con sus hĆ”biles manos y apretĆ³ con vigor ese par de gĆ³nadas que ya habĆ­an sufrido mucho.

—¡Ya, dĆ”melo ya! —ordenĆ³ rabiosa—.

A su seƱal, el calamar estrechĆ³ la prĆ³stada del rey, quien reaccionĆ³ con unos profundos espamos y un grito de placer que pudo oĆ­rse a millas de distancia.

El falo de Oceanstud soltĆ³ una abundante carga de semen que en un instante se solidificĆ³. Varias sirenas lo recolectaron en un cofre sin perder ni una sola gota.

—¡Perfecto! —gritĆ³ Ondina—. ¡Dame mĆ”s, macho marino! ¡SĆ© que tĆŗ puedes!

El calamar volviĆ³ a estimular la prĆ³stata y provocĆ³ otro intenso orgasmo. RepitiĆ³ la operaciĆ³n seis veces mĆ”s, cada una con mayor afluencia de esperma. DespuĆ©s, Ondina ordenĆ³ al calamar que soltara al apaleado Oceanstud.

—Gracias, rey semental —dijo Ondina—. Mi madre me revelĆ³ tu secreto antes de morir. Por eso sĆ© que tu nĆ©ctar viril se convierte en el valioso mineral paladio en contacto con el agua marina.

—¿QuĆ© harĆ”n con Ć©l? —preguntĆ³ Oceanstud exhausto.

Varias sirenas se posaron frente a Ć©l y le mostraron profundas cicatrices en todo el cuerpo; incluso, unas de ellas exhibieron tristemente sus colas mutiladas, algo que conmoviĆ³ profundamente al rey.

—Los barcos pesqueros de los humanos cazan con frecuencia a mis hijas, asĆ­ que ideamos un arma para acabar con ellos —explicĆ³ Ondina—. Pero necesitamos el paladio que tu semen produce. Por eso, mi soberano, para expiar mi osadĆ­a de atacarte, te ofrezco mi vida.

Oceanstud mirĆ³ a las sirenas mutiladas. Conmovido, cerrĆ³ los ojos y dijo:

—No serĆ” necesario, Ondina. Perdono tu ultraje... Buena suerte.

Y se alejĆ³ lo mĆ”s rĆ”pido que pudo.

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