El Reino (1/5): El sucesor - Las Bolas de Pablo

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29 mar 2020

El Reino (1/5): El sucesor


CONTIENE:
BALLBUSTING HOMBRE/HOMBRE

   El rey Boris Van Aldin, seƱor de Trabis miraba su imponente reflejo en el espejo mientras terminaba de vestirse. Finalmente el dĆ­a habĆ­a llegado despuĆ©s del decreto que habĆ­a emitido. El mayor de sus tres hijos iba a tomar posesiĆ³n de la naciĆ³n de Christie y fundar su propio reino. Dos aƱos tuvieron que transcurrir para ese grandioso dĆ­a. 

   Boris era un excelente rey, un atractivo hombre que a sus 45 aƱos era dueƱo de extensos dominios. Su cabello era castaƱo y su guapo rostro estaba decorado con una bonita barba. 

   Se apartĆ³ del espejo, se colocĆ³ el saco, tomĆ³ una empuƱadura que guardĆ³ en el bolsillo del pantalĆ³n y saliĆ³ del dormitorio que compartĆ­a con su esposa. BajĆ³ las escalinatas del palacio de Trabis y se encontrĆ³ con el mayor de sus hijos quien lo aguardaba en la magnĆ­fica sala de estar leyendo un libro de tratados internacionales. 

   —AsĆ­ que llegĆ³ tu gran momento, hijo mĆ­o. 

   El joven cerrĆ³ el libro y se levantĆ³ del asiento, sonriĆ³ a su padre y le dio un fuerte abrazo. 

   —Me siento muy, muy nervioso. 

   Boris mirĆ³ a la cara de su guapo hijo. De sus tres descendientess era el mĆ”s parecido a Ć©l. Desde lo astuto hasta lo valiente. Lo tomĆ³ de los hombros y le aconsejĆ³:

   —Eres un hombre inteligente y fuerte. SĆ© que con mucha responsabilidad vas a saber gobernar tu reino. AdemĆ”s papĆ” siempre estarĆ” aquĆ­ para ayudarte y ser tu apoyo internacional. En las buenas y en las malas estarĆ© ahĆ­. Cuando consolidemos otro territorio estarĆ”s bajo la tutela del emperador de Trabis.

   Rufus Van Aldin afirmĆ³ con la cabeza teniendo una mirada vivaracha. Boris sonriĆ³ con orgullo sus ojos azules brillaban. El hombre extrajo de un cajĆ³n el mango de una espada, era de plata y con varias piedras esmeraldas en la empuƱadura. El rey de Trabis pulsĆ³ un botĆ³n y de la ella emergiĆ³ una larga y filosa hoja. 

   A Rufus se le entornaron los ojos. Se puso erguido como si estuviera desde ya en su acto solemne. 

   —Era de tu abuelo —declarĆ³ Boris—. Me la otorgĆ³ aquel dĆ­a que el congreso me asignĆ³ rey de Trabis. Hoy te la regalo a ti. Quiero que continues el linaje y que en un futuro no muy lejano puedas tener tu propio imperio, aliado al de Trabis. 

   —AsĆ­ serĆ” mi rey —prometiĆ³ Rufus. 

   Como acto protocolar privado Boris rozĆ³ la punta de la espada a cada lado del hombro de su arrodillado hijo mayor. Finalmente la posĆ³ en su cabeza donde el padre susurrĆ³:

   —Para Rufus Van Aldin, seƱor de Christie. 
  
   PulsĆ³ el interruptor y la hoja cortante desapareciĆ³ en la empuƱadura. Rufus recibiĆ³ el arma, la guardĆ³ en su bolsillo y volviĆ³ a abrazar con fuerza a su padre. 

   —Vamos, es hora de partir a Christie. No demoremos mĆ”s. 

   Salieron del palacio y en cada tramo de la escalera que conducĆ­a de la puerta principal al jardĆ­n estaba los soldados del reino portando sus trajes verdes. Ellos hicieron un puente con sus espadas en alto por donde pasaron padre e hijo. Rey y prĆ­ncipe subieron a un vehĆ­culo que los conducirĆ­a a todo nivel a las afueras del reino. 

   Rufus moviĆ³ los dedos de sus manos, se sentĆ­a nervioso. En cuestiĆ³n de horas serĆ­a el nuevo rey de Christie. 

   Christie era una ciudad que por siglos habĆ­a pertenecido al dominio de Trabis, cuando Boris asumiĆ³ su gobierno como rey y demostrĆ³ un gran temple ante el parlamento decidiĆ³ otorgar aquella ciudad al mayor de sus hijos. En aquel momento Rufus se sentĆ­a con miedo, tenĆ­a que formar un buen gobierno como su padre, mantener una solida fuerza militar, el apoyo de una naciĆ³n y por sobretodo el respaldo del congreso. 
Trabis

   En su lugar, Trabis era uno de los territorios mĆ”s desarrollados en el continente, con todas las carreteras pavimentadas en su totalidad, aptas para toda clase de vehĆ­culos. Sus infraestructura arquitectĆ³nica era de las mĆ”s grandes en el mundo. HabĆ­an pasado cuarenta y cinco minutos y ya los altos edificios de Trabis habĆ­an quedado atras. El reino de Trabis era famoso por su zona comercial y los grandes logros en materia educativa. Tierra de personas cultas e ilustres para la humanidad. 

   Una comitiva de cinco vehĆ­culos cruzaban la montaƱosa carretera cuando una explosiĆ³n hizo sacudir el vehĆ­culo donde iban el rey y su hijo haciendo perder la maniobra del chĆ³fer saliendo del camino. 

   —¿QuĆ© demonios fue eso? —gruĆ±Ć³ Boris apretando los dientes—.¿EstĆ”s bien? 

   —¡Mierda! —exclamĆ³ Rufus abriendo los ojos al mirar por la ventanilla—. Un atentado. 

   —¿QUƉ? 

   Boris desvĆ­o la mirada, fuera del vehĆ­culo habĆ­a un centenar de hombres, todos vestĆ­an uniformes negros y portaban espadas, comenzaban a rodear la zona de los vehĆ­culos. Pero tambiĆ©n la defensa del rey iniciaba su accionar de protecciĆ³n. 

   —Esto estaba planificado. ¡Maldita sea! 

   Rufus extrajo del bolsillo de su pantalĆ³n su empuƱadura. 

   —LlegĆ³ la hora ds estrenar a esta bebĆ© —dijo pulsando el interruptor y haciendo aparecer la filosa hoja. 

   AĆŗn siendo muy joven y aparentando inseguridad por su nombramiento como rey, era un muchacho valiente y hĆ”bil en el manejo de la espada y tĆ”cticas de guerra. 

   —Aguarda, aguarda —lo detuvo su padre—. Sabemos que esto es un atentado. Alguien nos quieren muertos —fuera del vehĆ­culo iniciaba una batalla entre la defensa del rey y los misteriosos terroristas que los doblaban en nĆŗmeros—. Notifica al mundo lo que estĆ” pasando. 

   Rufus afirmĆ³ con la cabeza y extrajo del pantalĆ³n un pequeƱo dispositivo que consistĆ­a en una pantalla tĆ”ctil donde a travĆ©s de internet comunicĆ³ lo que estaba transmitiendo. ServĆ­a para enviar un mensaje pero no para establecer una interacciĆ³n con los internautas. 

   En el camino de la carretera apareciĆ³ un vehĆ­culo blindado de guerra conmunmente denominados en aquel mundo acorazados. TenĆ­a las siglas de un reino, una naciĆ³n poderosa, experta en el arte militar, la guerra, invasiones territoriales y todo lo que tuviera que ver con lo bĆ©lico. 

   —MIERDA, ESTAMOS PERDIDOS —rugiĆ³ Boris golpeĆ”ndose una pierna con el puƱo producto de su frustraciĆ³n—. Esto es obra de Badia. ¿En quĆ© demonios fallĆ³ Vladimire con nuestra seguridad? ¡Lo matarĆ©! 

   —Si antes no nos matan a nosotros —respondiĆ³ Rufus su mirada estaba fija en el nuevo vehĆ­culo. 

   El acorazado de la linea enemiga empezĆ³ a disparar como una ametralladora a los hombres del rey y atacantes por igual, asesinando a sangre fria a propios mercenarios de la emboscada y a la seguridad del rey trabiense. 

   Uno a uno los hombres fueron cayendo sin vida en el pavimento, siendo presenciado por el rey y su hijo que miraban en el interior de su vehĆ­culo. Cuando no quedĆ³ nadie por la defensa el acorazado hizo frente al vehĆ­culo de Boris. 

   Una voz por alto parlante desde la tanqueta resonĆ³. 

<Boris Van Aldin a partir de Ʃste momento estƔs bajo la orden del reino de Badia. Se te ordena que salgas del vehƭculo>.

   A Boris se le crisparon los puƱos al tenerlos tan apretados por la rabia que sentĆ­a. 

   —Nos atraparon —dijo Rufus. 

   Boris lo mirĆ³ directamente a los ojos. 

   —Estoy dispuesto a morir antes de ser un esclavo. 

   Rufus sostuvo su mirada. 

   —Yo tambiĆ©n. MorirĆ© contigo pero no serĆ© un juguete del aberrado de Asdrubal Cruise. 

<ƚltima llamada, Boris Van Aldin. Desde Ć©ste momento perteneces al reino de Badia y se te ordena bajar del vehĆ­culo>. 

   Boris bajĆ³ la ventanilla del carro. 

   —¡TENDRƁS QUE VENIR Y SACARME, PEDAZO DE MIERDA! 

   SubiĆ³ de nuevo la ventanilla y se encerrĆ³ en la camioneta con su espada en mano. 

   El acorazado comenzĆ³ a disparar como una ametralladora. Causando algunos impactos en la camioneta sin hacer daƱo en la vitalidad de quienes iban dentro de ella. 

   Tras ello el acorazado se moviĆ³ en direcciĆ³n a la camioneta. ChocĆ³ contra ella por uno de sus lados laterales, no conforme el carro de guerra siguiĆ³ empujando el negro vehĆ­culo de transporte del rey de Trabis. 

   EmpujĆ³, empujĆ³ y empujĆ³. 

   Hasta que de repente el vehĆ­culo de Trabis comenzĆ³ a ceder y levantarse sobre sus cauchos opuestos al empuje del tanque acorazado. 

   El blindado del reino de Badia continuĆ³ en su objetivo, y el carro del rey de Trabis se suspendiĆ³ en el aire de forma inclinada hasta que cediĆ³ dando la vuelta y cayendo sobre su techo provocado un estrepitoso ruido. 

 

   Vladimire era el jefe del ejĆ©rcito de Trabis y no sĆ³lo bastaba eso sino que era uno de los hijos de Boris Van Aldin, el segundo en su linea se descendientes. En aquel momento del dĆ­a miraba su reflejo en el espejo. Era un tipo de estatura alta y tez blanca, se parecĆ­a mucho a su madre con los cabellos negros y su carne casi pĆ”lida y sin embargo habĆ­a heredado la fuerza guerrera de su padre, en grado superior a sus otros hermanos. 

   En la mesa de la habitaciĆ³n del hotel donde se hospedaba reposaba un dispositivo tĆ”ctil donde minutos antes habĆ­a tenido una fĆ©rrea discusiĆ³n con el jefe del parlamento de Trabis. Aquel sabio hombre querĆ­a dirigirse al mundo para expresar el secuestro de Boris por el terrible gobierno de Badia, era lo que dictaban las leyes del parlamento. Pero fue Vladimire quiĆ©n se empeĆ±Ć³ en comunicarse con las naciones como capitĆ”n de seguridad de Trabis pero por sobre todas las cosas como hijo del rey Van Aldin. 

   Vladimire se acomodaba el saco sin apartar su mirada acusadora en el espejo. Se supone que Ć©se dĆ­a todo debĆ­a transcurrir bien, el surgimiento de un nuevo territorio Christie con el amparo y aprobaciĆ³n de Trabis como primer fundador pacifista, y ahora era Badia quiĆ©n habĆ­a tomado el control del condado de Christie. 

   <TodavĆ­a Trabis sigue siendo un pueblo soberano> pensaba Vladimire terminando de arreglarse antes de acudir a las cĆ”maras de la televisiĆ³n mundial—. <Christie ahora quedĆ³ bajo el dominio de Badia, la tomaron por la fuerza, nos hicieron retroceder, tuvimos que huir antes del acto ceremonial de su fundaciĆ³n con un nuevo rey>. 

   La puerta de la habitaciĆ³n se abriĆ³ de golpe dando paso a Vadin, el menor de los hermanos Van Aldin. TenĆ­a mucho de parecido a Vladimire, su tez, cabellos, fisonomĆ­a. Pero habĆ­a entrado en actitud hostil. 

   —Ya estĆ” pasando todo lo que tĆŗ querĆ­as, eh, desgraciado —lo acusĆ³. 

   —No sĆ© a quĆ© diablos te refieres —negĆ³ Vladimire dando la vuelta y haciĆ©ndole frente. 

   —No seas hipĆ³crita. A leguas se ve que todo esto estĆ” orquestado por ti. 

   —Cuida tu boca, sabandija. Creeme que nunca te verĆ”s bien con una lengua cortada. 

   Vadin apretĆ³ los puƱos. 

   —No me extraƱarĆ­a que hayas pactado con el traidor de Asdrubal Cruise el secuestro de papĆ” y de Rufus. TĆŗ estabas a cargo de su seguridad, de la seguridad en la ciudad de Christie. ¿Y quĆ©? Todo se fue a la porra. Da mucha casualidad que el gobierno de Badia invada Christie y no Trabis. Da mucha casualidad que te quieras dirigir al pueblo trabiense. ¿QuĆ© vas a hacer? ¿Te vas presentar como heredero al trono? Esto estĆ” orquestado por ti. Y el parlamento jamĆ”s lo va a permitir.

   —¡CIERRA LA PUTA BOCA! 

   Vladimire preso de la furia que lo dominĆ³ empujĆ³ una fuerte patada a la entrepierna de su hermano menor, lanzando sus testĆ­culos con fuerza contra el hueso pĆ©lvico logrando con ello que el impacto sonase como castaƱuelas crujiendo. 

   Vadin reaccionĆ³ con un potente grito que hiela la sangre. Se agarrĆ³ la ingle con ambas manos y se fue al piso cayendo de rodillas acariciando su dolorida entrepierna y haciendo gestos de dolor con su rostro.

   Vladimire extrajo la empuƱadura del bolsillo del pantalĆ³n y apuntĆ³ el filo de la espada contra la garganta de su moribundo hermano. 

   —No vuelvas a decir nada de esa sucia boca sin pruebas. Yo nunca le harĆ­a daƱo a nuestro honorable padre. Lo amo.

   Vadin hizo un gran esfuerzo en hablar aĆŗn asĆ­ tenĆ­a lĆ”grimas en los ojos.

   —EstĆ” bien, a papĆ” no. Pero todos sabemos que la ciudad de Christie la querĆ­as para ti. AƱorabas ser su rey. Nunca te conformaste como capitĆ”n de la seguridad nacional.

   Vladimire apretĆ³ el puƱo y lo estampĆ³ en el rostro de su hermano menor quien cayĆ³ de lleno al suelo y se acurrucĆ³ con ambas manos acunando su dolorida entrepierna.

   Vladimire desactivĆ³ la espada y la guardĆ³ en su bolsillo, cogiĆ³ el saco de su ropa y saliĆ³ de la habitaciĆ³n. A paso lento caminĆ³ al ascensor, en la planta baja lo esperaban los camarografos para su transmisiĆ³n en la televisiĆ³n mundial.

   MemorĆ³ su discurso letra a letra. TenĆ­a que transmitir un mensaje claro para el mundo, que brindara confianza, protecciĆ³n, fuerza y valentĆ­a.

   Iba a ser presentado como el capitĆ”n de seguridad de Trabis pero a medida que su diĆ”logo se desarrollase iba a autoproclamarse nuevo rey de la naciĆ³n en ausencia de Boris.

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