Maestro de guerra (2/5): leve dolor en la entrepierna - Las Bolas de Pablo

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16 mar 2020

Maestro de guerra (2/5): leve dolor en la entrepierna

CONTIENE:
DOLOR EN LA ENTREPIERNA

   3.30 de la maƱana, en una carretera sin luz, en el centro de Colombia, Max se dirigĆ­a al norte a pie, con solo la luz de la luna para iluminar su camino. HabĆ­a estado viajando sin dormir, durante unas 40 horas seguidas, cruzando el norte de su paĆ­s en autobĆŗs, taxi o bicicleta, lo que sea que lo llevara mĆ”s al norte. La voz en su cabeza era tan insistente, que lo impulsaba hacia adelante, superando su caracter tan hostil y arrogante que hubiese renunciado a su transitar. Hacia adelante, siempre hacia adelante, hacia lo que Ć©l creĆ­a firmemente. serĆ­a su destino heroico, luchando contra el mal y protegiendo La Tierra.


   No habĆ­a visto un automĆ³vil por al menos una hora, y estaba empezando a preocuparse de que iba por el camino equivocado, pero de alguna manera sabĆ­a por dentro que se dirigĆ­a en la direcciĆ³n correcta. Y entonces comenzĆ³ un dolor: un leve dolor proveniente de su entrepierna.



   Al principio pensĆ³ que necesitaba orinar, asĆ­ que se detuvo en el medio del camino y desabrochĆ³ la mosca (no tenĆ­a sentido ir detrĆ”s de un arbusto, nadie iba a verlo en esa soledad). Cuando sacĆ³ su polla, sintiĆ³ una sensaciĆ³n de hormigueo no desagradable cuando sus dedos tocaron la generosa carne pero lo ignorĆ³, atribuyĆ©ndolo al viento helado que soplaba sobre el paisaje plano y vacĆ­o de marzo. Se enojĆ³, vigorosamente, cerrĆ³ la cremallera y luego continuĆ³ su camino.



   HabĆ­a estado caminando durante unos 20 minutos cuando volviĆ³ el dolor en su entrepierna. 《Seguramente ya no puedo volver a mear》 pensĆ³. Pero volviĆ³ a realizar el procedimiento, esta vez orinando solo unas pocas gotas en la superficie de la carretera antes de quedar vacĆ­o. El leve dolor no desapareciĆ³. TenĆ­a curiosidad por la sensaciĆ³n. ContinuĆ³ su camino y olvidĆ³ la sensaciĆ³n.



   CaminĆ³ solo con la iluminaciĆ³n de la luna, pudo concentrarse en otras cosas durante quince minutos, antes de detenerse nuevamente. Esta vez, dejĆ³ caer sus pantalones hasta los tobillos, y le dio una buena bofetada a sus bolas, sintiendo que el dolor aumentaba. ApretĆ³ los dientes y resistiĆ³. Sus bolas se sentĆ­an pesadas e hinchadas. Se inclinĆ³ hacia delante para tratar de examinarlas, pero a la tenue luz de la luna no podĆ­a ver prĆ”cticamente nada. Una vez mĆ”s, mientras acariciaba su pene, una agradable sensaciĆ³n de hormigueo recorriĆ³ sus doloridos testĆ­culos, y esta vez, mientras continuaba manipulando su miembro, notĆ³ que se estaba poniendo erecto.



   Max no se masturbaba regularmente, ¿por quĆ© molestarse cuando podĆ­a poner a una chica en su polla en cualquier momento? Pero decidiĆ³ que necesitaba hacerlo. Se harĆ­a una buena y deliciosa paja. Cuando comenzĆ³ a frotar su pene tuvo una visiĆ³n, estaba en su pose favorita, desnudo a excepciĆ³n de un bĆ³xer, encima de una pila de cuerpos enemigos reciĆ©n sacrificados, con grandes pechos a sus pies. El aire frĆ­o de CĆ³rdoba soplĆ³ suavemente alrededor de su pene y siguiĆ³ masturbandose, mĆ”s rĆ”pido, mĆ”s rĆ”pido, todavĆ­a de pie en el centro de la carretera. La ola sexual se elevĆ³ dentro de Ć©l, cada vez mĆ”s cerca, se estaba acercando al clĆ­max, casi ya...



   La sensaciĆ³n se detuvo. Era como si alguien hubiera apagado su orgasmo con un interruptor. Max volviĆ³ a la plena conciencia. ¿QuĆ© demonios acababa de pasar? BajĆ³ la mirada hacia su pene, que aĆŗn parecĆ­a duro, igual que siempre. Lo bombeĆ³ unas cuantas veces mĆ”s. Nada, nada en absoluto. ¿QuĆ© coƱo? Y ahora el dolor regresĆ³, mĆ”s fuerte que nunca, en algĆŗn lugar dentro de su polla y bolas, en algĆŗn lugar donde no podĆ­a consolarse. Un escalofrĆ­o recorriĆ³ la columna de Max. Algo estaba mal, nada como eso le habĆ­a pasado antes. En su forma arrogante, se negĆ³ a considerar siquiera que habĆ­a algo malo en su virilidad, pensĆ³ que era culpa de otra persona. Inmediatamente pensĆ³ en una mujer. Me ha dado algo, pensĆ³, una infecciĆ³n de transmisiĆ³n sexual. ¡Maldita sea! Cuando regresara de su bĆŗsqueda, y todo el mundo lo elogiara como el hĆ©roe que salvĆ³ al planeta, le dejarĆ­a saber al mundo su nombre, ¡la chica que se atreviĆ³ a transmitir una infecciĆ³n al hĆ©roe!



   DecidiĆ³ seguir caminando, era todo lo que podĆ­a hacer. Unos kilĆ³metros mĆ”s tarde, volviĆ³ a intentarlo, con el mismo resultado: endureciĆ©ndose, trepando hacia el orgasmo y luego interrumpiĆ©ndose repentinamente antes de alcanzar su punto mĆ”ximo, como si se hubiera cerrado un grifo. Y nuevamente, el dolor aumentĆ³, en algĆŗn lugar profundo dentro de su pene. TenĆ­a dos misiones: llegar a la misteriosa isla, seguro, tan rĆ”pido como pudiera. Pero iba a encontrar un mĆ©dico en el camino y exigirle algĆŗn tipo de crema o lociĆ³n para su polla. La salvaciĆ³n del mundo tendrĆ­a que esperar un poco.



   Exactamente en ese momento, Gregory conducĆ­a por los suburbios de MedellĆ­n, en algĆŗn lugar cerca del aeropuerto, era automovil robado. Su mente sabĆ­a en quĆ© direcciĆ³n debĆ­a ir, cada vez que giraba en un camino que parecĆ­a salir de la ciudad, se volvĆ­a sobre sĆ­ mismo y tenĆ­a que comenzar de nuevo. HabĆ­a gastado la mayor parte de su dinero en combustible y estaba empezando a preocuparse de que todas esas torceduras y vueltas significaran que no tendrĆ­a suficiente para llegar a su destino. Fue entonces cuando vio algo en la autoestopista. Un tipo estaba en la calzada, extendiendo el pulgar para pedir transporte, debĆ­a tener unos 20 aƱos, cabello cortado con mechones rubios, cuello ancho, brazos gruesos y musculosos. Cuando detuvo el auto, Gregory vio que el muchacho estaba temblando. AbriĆ³ la puerta del pasajero y el joven entrĆ³ directamente.



   Era militar asĆ­ que no se le ocurriera pedir una mierda gay, fue lo primero que le dijo a Gregory, en su pronunciar estaba un acento brasileƱo. Gregory no dudĆ³ lo que el muchacho dijo: su cuerpo era aĆŗn mĆ”s musculoso y poderoso de cerca de lo que parecĆ­a desde lejos. Se tragĆ³ sus pensamientos lujuriosos lo mejor que pudo y siguiĆ³ conduciendo, mientras su desagradecido pasajero descansaba junto a Ć©l. A Gregory le resultĆ³ difĆ­cil mantener la vista en el camino mientras el joven se estiraba en el asiento. El chico tenĆ­a una mala costumbre, se metĆ­a la mano de la cintura rascĆ”ndose la entrepierna, y cada vez que lo hacĆ­a, Gregory tenĆ­a que concentrarse para no salir de la carretera.



   DespuĆ©s de ese intercambio inicial de conversaciĆ³n, tratar de hacer que respondiera preguntas amistosas fue como intentar morderse los dientes. DespuĆ©s de algunas preguntas educadas de Gregory que quedaron sin respuesta, finalmente descubriĆ³ que el nombre del tipo era Caua y que era de Sao Paulo. HabĆ­a volado al paĆ­s unas horas antes, y habĆ­a pasado varias horas en la aduana, tratando de explicar por quĆ© habĆ­a volado al otro lado prĆ”cticamente sin dinero en el bolsillo.



   —¿A dĆ³nde vas? —PreguntĆ³ Gregory



   —Al norte —fue la respuesta.



   —Yo tambiĆ©n —dijo Gregory, aunque si el muchacho hubiera dicho Sur, Gregory habrĆ­a abandonado su bĆŗsqueda y luego hubiese dado la vuelta al automĆ³vil, solo para pasar unas horas mĆ”s en las cercanĆ­as de ese semental. El brasileƱo comenzĆ³ a rascarse la entrepierna, y Gregory lo mirĆ³ por el rabillo del ojo. TenĆ­a pocas esperanzas de acercarse mĆ”s al chico de lo que estaba en ese momento, pero incluso un poco de esperanza era mejor que nada...



   Continuaron en silencio hasta el amanecer lentamente brillante.



   Cuatro horas despuĆ©s, Max estaba de pie en la sala de un mĆ©dico, sin pantalones, con las piernas separadas, mientras el especialista examinaba su entrepierna. DespuĆ©s de unos minutos, el mĆ©dico regresĆ³ a su escritorio y comenzĆ³ a escribir en una libreta. HablĆ³ con Max mientras completaba el formulario.



   —No hay nada malo que pueda ver, tal vez solo un poco de enrojecimiento. Lleva esta receta a la farmacia para ungĆ¼ento.



   Le tendiĆ³ el trozo de papel a Max, y luego una mirada extraƱa e inquisitiva apareciĆ³ en su rostro.



   —¿QuĆ© han estado haciendo?



   Max estaba abrochĆ”ndose el cinturĆ³n, pero la pregunta hizo que se detuviera.



   —¿QuĆ©? —preguntĆ³.



   —TĆŗ y tus dos amigos en la sala de espera. ¿Experimentaron juntos?



   —Vine solo —dijo Max, enojado, arrebatando el pedazo de papel de la mano del mĆ©dico.



   —No hay nada de quĆ© avergonzarse. Los muchachos de tu edad experimentan cosas. Pero usen condĆ³n, ¿sĆ­?



   Max no tenĆ­a idea de quĆ© estaba hablando el mĆ©dico. CogiĆ³ su bolso y saliĆ³ de la habitaciĆ³n. Cuando pasĆ³ por la sala de espera, echĆ³ un vistazo.



   Dos hombres, de aproximadamente la edad de Max, estaban sentados, por separado, en las sillas de plĆ”stico. Max no tenĆ­a ningĆŗn gusto por los hombres, pero detallĆ³ que ambos tenĆ­an cuerpos bien formados, sexys, de aspecto fuerte, uno con cabello oscuro, aspecto europeo, el otro quizĆ”s coreano o japonĆ©s. Ambos vestĆ­an ropas arrugadas y desgastadas por el viaje y mochilas a su lado, los dos se retorcĆ­an y cruzaban las piernas. Exactamente cĆ³mo habĆ­a estado actuando Max, cuando se sentĆ³ en esas mismas sillas, quince minutos atrĆ”s, esperando para entrar y ver al mĆ©dico. El chico europeo mirĆ³ a Max con expresiĆ³n frĆ­a e indiferente.



   《Tal vez no fue una chica 》pensĆ³ Max. 《QuizĆ”s algo estĆ” pasando. ¿SerĆ” la primera etapa de la amenaza que tengo que vencer? Hombres como esos dos aprenderĆ”n a agradecerme por lo que voy a hacer por este mundo》.



   AbandonĆ³ el consultorio del mĆ©dico, para reanudar su viaje.



   Desde su silla, Evans vio irse al chico de cabello rubio. HabĆ­a quedado impresionado por su fĆ­sico, incluso estuvo a punto de rivalizar con su propia perfecciĆ³n, pensĆ³. 《Se decretarĆ” que todos los hombres del mundo tengan Ć©se cuerpo cuando yo sea el rey de la humanidad》pensĆ³《no habrĆ” lugar para hombres dĆ©biles o inferiores cuando estĆ© a cargo. Hombres y mujeres se inclinarĆ”n en agradecimiento ante mi poder》.



   Y, en el asiento de enfrente, Mal-chin, nacido en Corea, tenĆ­a pensamientos similares sobre su cabeza, sobre cĆ³mo sus habilidades de lucha con la espada lo llevarĆ­an a una heroica victoria sobre sus enemigos.



   Lo mismo hizo Caua cuando se sentĆ³ en el asiento del pasajero del coche de robado por Gregory mientras cruzaban Colombia.



   Y tambiĆ©n lo hicieron otros 46 hombres de 21 aƱos, muchos de ellos ya convergiendo en Cartagena de Indias en Colombia, algunos todavĆ­a muy lejos, todos creyendo que de alguna manera eran el salvador de la humanidad, la persona mĆ”s importante del planeta, los pensamientos que los hacĆ­a parecer arrogantes y distantes a la mayorĆ­a de la gente comĆŗn, estaban programados en su subconsciente. Todos estaban siendo reunidos. Y todos, sin excepciĆ³n, estaban haciendo lo posible para no distraerse de sus misiones por el irritante dolor que se concentraba en su entrepierna, un dolor que de alguna manera estaba empeorado, su incapacidad en los Ćŗltimos dĆ­as para llegar al clĆ­max sexual...



   Y los otros hombres tambiĆ©n viajaban, como Gregory, tambiĆ©n estaban siendo llamados a ese lugar, excepto que este grupo no tenĆ­a delirios de grandeza, ni visiones de su propia perfecciĆ³n, todos habĆ­an compartido ese sueƱo, hace dos dĆ­as, y la necesidad de llegar a ese lugar. No fueron malditos por el dolor, y pudieron, de forma segura y privada, hacerse una paja en algunos cubĆ­culos de baƱo, pensando en los muchos jĆ³venes, sexys y fantĆ”sticos que habĆ­an estado viendo al borde de la carretera o en el camino, motocicletas o aviones, todos viajando, todos en direcciĆ³n al norte de Colombia...



   Caua y Gregory siguieron la carretera durante ocho horas hasta que se convirtiĆ³ en un camino rural, luego veinte millas mĆ”s allĆ” hasta que se convirtiĆ³ en un camino angosto sobre las montaƱas, y luego se convirtiĆ³ en poco mĆ”s que una pista, bajando abruptamente hacia la orilla hasta llegar a un pueblo sin nombre. No tenĆ­an mapa, pero sabĆ­an exactamente a dĆ³nde iban.



   En el camino, Gregory se habĆ­a detenido para recoger dos hombres mĆ”s: un francĆ©s llamado Chandler (proveniente de Gentilly, Paris) y un chico mexicano cuyo nombre parecĆ­a ser RamĆ³n. No es que importara, pero ninguno de los jĆ³venes sementales hablaba entre sĆ­, respondĆ­an con gruƱidos monosilĆ”bicos a las preguntas de Gregory.



   Gregory no hubiera creĆ­do que obtendrĆ­a tres especĆ­menes tan perfectos en su automĆ³vil a la vez, y ya estaba soƱando despierto sobre los muchos y variados juegos y tormentos sexuales por los que atravesarĆ­an sus cuerpos, si alguna vez reuniera suficiente coraje para poner su fantasĆ­as en acciĆ³n. Pero sabĆ­a que nunca lo harĆ­a; esta era la misma fantasĆ­a que pasĆ³ con todos los sementales inalcanzables que habĆ­a visto en su vida, los observĆ³ desde lejos, tramĆ³ planes ingeniosos, pero nunca los cumpliĆ³, los planes eran solo parte del juego y sabĆ­a la diferencia entre fantasĆ­a y realidad.



   Pero tenĆ­a a tres verdaderos y sexys jĆ³venes en su automĆ³vil, no podĆ­a evitar darse cuenta de algo que nunca apareciĆ³ en sus fantasĆ­as: cuĆ”n hoscos, arrogantes, vanidosos y groseros eran. En el pasado, cuando la imagen de una persona real estaba entretejida en su fantasĆ­a, se sentĆ­a avergonzado de estar haciĆ©ndole daƱo a alguien, aunque solo fuera una fantasĆ­a dentro de su cabeza. Pero no sentĆ­a vergĆ¼enza por sus pensamientos de incurrir en humillaciĆ³n y dolor en esos tres especimenes perfectos, ya que, en su opiniĆ³n, si alguien merecĆ­a ser castigado por ser hermoso, eran esos tres. Se estaba enojando cuando llegaron al pueblo:



   《Necesitan que se les enseƱe una lecciĆ³n. Deseo tener el poder de enseƱarles personalmente》.



   Los quince pescadores y sus esposas que eran aldeanos de esa pequeƱa comunidad nunca habĆ­an visto algo asĆ­ antes. Su pequeƱa aldea estaba llena de automĆ³viles, bicicletas y camiones, bloqueando la estrecha calle principal. Y los ocupantes de los vehĆ­culos, con algunas excepciones, parecĆ­an haber caĆ­do de las pĆ”ginas de algĆŗn tipo de revista de deporte y eficiencia: varias docenas de jĆ³venes, todos altos, musculosos, estaban parados en la playa, mirando a travĆ©s de la bahĆ­a hacia las islas exteriores. Esos hombres no se hablaban, no interactuaron, simplemente se quedaron quietos, inmĆ³viles, excepto a veces acariciĆ”ndose o frotĆ”ndose la entrepierna, mirando hacia las islas grises, a pocas millas del agua.



   Gregory tuvo que abandonar el automĆ³vil fuera de la calle principal ya que la carretera estaba bloqueada por un costoso descapotable Porsche negro, abandonado con las puertas abiertas y el motor en marcha. Los tres muchachos salieron del auto y siguieron caminando, sin decir una palabra a Gregory, tĆ­pico, pensĆ³. ConsiderĆ³ retroceder el auto, tratando de encontrar un mejor lugar para estacionar, y luego se le ocurriĆ³ la idea.



   —DĆ©jalo, no importa.



   SaliĆ³ del auto, todavĆ­a un poco inseguro:



   —No te preocupes —dijo la voz en su cabeza—. Camina.



   Y Gregory lo hizo, dejando las llaves en el encendido. EntrĆ³ en el pueblo y bajĆ³ a la playa. Sus ojos se fijaron en el sitio de la serie de sementales musculosos, alineados como estatuas en la playa, y la voz en su cabeza dijo simplemente.



   —SĆ­. AsĆ­ es como debe ser.



   Uno de los pescadores se encontrĆ³ con Gregory y le hizo la pregunta obvia:



   —¿QuĆ© demonios estan haciendo todos aquĆ­?



   —Necesitamos ir a la isla —dijo Gregory. Y luego, mirando a su alrededor, agregĆ³—. Creo que todos lo haremos.



   —Pero no hay nada —protestĆ³ el hombre



   —Necesito conseguir un bote. PagarĆ©... —metiĆ³ la mano en los bolsillos y sacĆ³ un puƱado de pesos y otras monedas que le quedaban. Lo metiĆ³ todo en la mano del hombre—. Te pagarĆ© lo que quieras. Todos lo haremos.



   El pescador mirĆ³ al extraƱo con recelo, y luego se volviĆ³ y se alejĆ³.



   Veinte minutos despuĆ©s, el primer bote se alejaba de la orilla. HabĆ­a sido difĆ­cil evitar que el bote se inundara cuando todos querĆ­an ir a la isla de inmediato y tuvieron que esperar su turno para partir.



   Gregory estaba en la parte trasera del bote, acurrucado en una esquina contra un chico particularmente guapo. Gregory habĆ­a elegido a este chico, de todos los especĆ­menes finos que habĆ­a visto, como el mĆ”s hermoso, el mĆ”s sexy. Se habĆ­a asegurado de abordar el bote justo antes de este chico, y estaba extasiado de que la disposiciĆ³n de los asientos los hubiera puesto uno al lado del otro. Le encantaba la sensaciĆ³n de los firmes bĆ­ceps y muslos del joven presionĆ”ndose contra Ć©l mientras se sentaban en el banco de madera. El muchacho  se frotĆ³ distraĆ­damente la entrepierna. Gregory vio la mirada lejana en el ojo del joven, y decidiĆ³ que tenĆ­a que saber el nombre de ese semental. Se armĆ³ de valor y preguntĆ³.



   —Max —fue la respuesta.



   Y, soƱadoramente, una voz se repitiĆ³ en la cabeza de Gregory.



   —Este es el indicado —dijo la voz—. Ɖste es el que serĆ” tuyo.



   El bote cruzĆ³ la bahĆ­a hacia la inminente sombra gris de una nueva isla.

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