Hijo de puta (6/8): Fuera del aire - Las Bolas de Pablo

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8 jul 2021

Hijo de puta (6/8): Fuera del aire

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Ballbusting hombre/hombre y ballbusting mujer/hombre

Estás en la sexta parte de esta historia, aquí puedes encontrar la quinta parte que precede a esta. Si gustas puedes leerla desde la parte uno.


Fuerte, Romeo
¡Me equivoqué! Lo acepto, la cagué. Tony permanece igual de eficiente y dedicado en su trabajo, pero guarda su distancia conmigo, y Romeo, no me habla más que lo indispensable, es muy amable, servicial y siempre me recibe con una hermosa sonrisa, mientras me mantiene a raya. ¿Por qué? ¡Maldita sea! ¿Por qué no puedo solamente amar a alguien y dejarme llevar? ¿Por qué tengo que alejar a la gente o alejarme?

Había pasado una semana desde la noche en que mi guardaespaldas y yo la pasamos rico. Nos encontrábamos en el gimnasio de mi mansión, yo había mandado colocar piso de espuma EVA por todo el lugar. Romeo me iba a dar clases de defensa personal y me enseñaría a pelear. Luego del calentamiento y de entrenar algunos golpes, él decidió que haríamos sparring.

Básicamente me tenía como saco de boxeo, no me golpeaba con toda su fuerza, pero sí sentía su poder de hombre. Intentaba cubrirme, pero me acorralaba contra una esquina. Súbitamente se detuvo, regresó al centro y con sus manos me indicó que me acercara.

—En su caso, como no sabe pelear, le recomiendo acorazarse, tal cual lo ha estado haciendo —dice Romeo.

—Cada que intento algo, me golpeas la cara —comenté.


—No necesita mirarme a los ojos o a la cara cuando peleamos. Baje el mentón y la mirada mientras se acoraza. No levante la cabeza —dijo saltando ágilmente y juntando los puños de sus guantes.


—Entonces. ¿Cómo podré defenderme o atacar? —pregunté.


—Lo único que necesita ver es mi parte baja, sobre todo mis piernas, desde el pecho o desde el ombligo hacia abajo. Si observa, podrá notar a dónde me muevo y cuándo voy a lanzar algún golpe. Debe esperar a que yo ataque, que es cuando abro un espacio y entonces atacar. ¡Vamos a intentarlo! —dijo Romeo.


Efectivamente, mirando sus piernas y solo su cuerpo, podía claramente leer sus movimientos. Intentaba golpearlo, él me esquivaba y decía: “bien, así”. Lo que más me gustaba de este ejercicio, era poder admirar la protuberancia en su entrepierna, balanceándose dentro de su short deportivo de un lado a otro. Finalmente, logré atinar un golpe directo a su nariz, me detuve. 


—¿Por qué para? Si logra pegarme, ataque. Persígame, intente golpearme más o acorralarme —dijo Romeo.


Así lo hice, cuando conseguí golpear su rostro de nuevo, continué atacando, ahora era él quien se acorazaba, yo estaba muy satisfecho lanzando mi lluvia de golpes, intentando pasar su perfecta defensa, cuando él soltó un sorpresivo uppercut directo a mi nariz que me hizo sangrar. Atacar hizo que no me protegiera en lo absoluto.


—Nunca baje la guardia —me aconsejó. 


Cuando estuvo controlada la pequeña hemorragia, continuamos. Yo estaba molesto, me enojaba perder. Para el siguiente round, decidí jugar sucio. Lo que más me gusta del box, es que flexionando los codos proteges todo el torso y cara, pero no la entrepierna. La siguiente vez que conseguí golpear el rostro de Romeo, continué atacando. Durante los breves segundos en que él se acorazaba con los brazos, previo a escapárseme o lanzarme un sorpresivo golpe, yo le lancé un gancho directo a las bolas. 


—¡UGH! —gritó ahogadamente mi guardaespaldas, mientras bajaba la guardia para acunar sus testículos. 


Continué golpeando. Agachado me dio la espalda para escapar de mis puños. Yo pateé la parte trasera de su rodilla, esto lo hizo colocar una pierna en el piso. Me coloqué frente a él y seguí golpeándolo, él se cubría o bloqueaba mis golpes a su rostro, al hacerlo dejaba nuevamente descubiertas sus bolas, aproveché para patearlo.


—AAAH —gritó aquel poderoso hombre y cayó al piso bocabajo. 


Yo lo giré bocarriba y me senté a horcajadas sobre su marcado y firme abdomen, él mantenía las manos en su bolas, así que mis muslos aprisionaban sus brazos. Él me miraba con deseo, en vez de continuar golpeando, acerqué mi rostro al suyo y lo besé, afortunadamente me correspondió. 


—Perdón, perdóname, Romeo, la última vez te traté mal y ahora… yo… de nuevo… Debes creer que juego contigo —dije mientras me levantaba, quedando con las piernas abiertas sobre él.


—Fabio, tú puedes jugar conmigo todo lo que quieras, eso no me molesta —dijo Romeo tuteándome, extendió su mano hacia mi bolas, las sujetó y tiró amablemente de ellas para arrodillarme nuevamente encima de él.


—¿Qué? —pregunté desconcertado.


—Lo entiendo, sé lo que te pasa y no me importa —dijo mientras acariciaba cariñosamente mi abdomen y costados.


—¿Qué es lo que entiendes?


—Tú alejas o te alejas de las personas que amas —respondió—. No fue mi intención, pero la otra noche escuché lo que Ferreira te dijo, de que ustedes fueron pareja y un día te esfumaste. Ahora que sé por todo lo que pasaste con tu familia, me he dado cuenta de que has sufrido mucho y de que tienes un trauma psicológico. 


—No estoy loco— expresé.


Romeo sí me entiende.
—Ja, ja, ja, no digo que lo estés, solo que tú crees, o mejor dicho te han hecho creer que no mereces ser amado, en cuanto te sientes amado, huyes, porque no estás acostumbrado y te aterra que alguien pueda amarte o tú amar —explicó mi guapísimo Romeo, definitivamente tenía razón, eso era lo que me pasaba—. Que me trataras como un vil prostituto aquella noche, fue humillante y muy denigrante.


—Lo siento.


—Me sentí feliz —respondió—. Porque lo “hijo de puta” que te comportas con alguien a quien quieres, es proporcional al afecto que sientes por esa persona. Por eso no me importó, mientras me sigas lastimando, significa que te importo —dijo, con sus manos atrajo mi rostro hacia el suyo y nos besamos—. Si tú y yo fuéramos pareja y me hicieras lo que le hiciste a Ferreira, yo no te dejaría ir, te buscaría hasta encontrarte, iría tras de ti, no te dejaría huir de mi lado. 


¡Dios! Siento que me derrito. Parece ser que todo lo que en mi vida he pasado ha sido para que yo encontrara a un hombre como él. Romeo es perfecto, él es mi recompensa. 


—¿Por qué me dices todo esto? —pregunto.


—Yo me he sentido atraído a ti desde que teníamos quince. Me gustaba verte mientras nadabas, a ti y a tu sexy instructor de natación, por supuesto, tenías un cuerpo perfecto y a veces usabas trajes de baño chiquitos, tipo speedo. ¡Ah!, todavía me acuerdo de lo que sentí al verte —Romeo suspiró—, por ti supe que definitivamente era gay.


—Es extraño, yo, en cambio, la primera vez que te vi, que me hice consiente de tu existencia, fue porque te vi cogiendo con una chica —comenté. Romeo se desconcertó—. ¿Recuerdas el enorme eucalipto que queda en la esquina, al fondo del jardín? —pregunté mientras señalaba la dirección—.  Entre ese árbol y la barda se hace un rincón y el árbol tenía una especie de deformación que parecía un asiento. Lo sé porque es ahí donde me gustaba pasar mucho tiempo. Un día te vi cogiendo en ese lugar, tenía como quince. La tenías contra el árbol y le estabas dando duro, era una chica.


—¡Ah ya! Sí, lo recuerdo. En aquel tiempo necesitaba demostrarme a mí mismo que era un macho heterosexual —dijo Romeo—. Ya conociste a mi padre, es un hombre muy severo, tenía unas expectativas muy claras acerca de mí. Yo lo respeto y le temo. Tardé mucho en salir del closet, tiene cinco años apenas.


—Sí, se ve que todavía no lo acepta del todo —comenté recordando el comentario tan desagradable que hizo sobre los jugos de una mujer y volverse hombre—. La verdad también me gustaste, eras muy flaco, pero exudabas virilidad. No me acerqué a ti, porque pensé que no te agradaría juntarte con un puto y pensaba que eras demasiado hetero, eras, todavía eres muy… ¿Macho? Ja, ja, ja. 


En ese momento llegó Tony, venía vestido con un traje gris, la verdad es que lucía muy guapo.


—¿Interrumpo algo? —comentó al verme sobre Romeo.


—Sí, Antonio, interrumpes mucho —respondí. Antonio era su nombre, jamás lo volveré a llamar Tony, mucho menos, Tony bebé.


—Vine porque en una hora grabamos la entrevista para Teleglobo. Vinieron desde Miami, me comentan que ya está todo listo: luces, camarógrafos, no puedes llegar tarde, no puedes quedar como un divo…


—Lo sé, Antonio, lo sé —comenté con hartazgo—. No era necesario que vinieras, podías solo mandarme un mensaje o un correo. Tengo muy claro ese compromiso. 


La verdad, luce muy guapo.
—¿Entonces? ¿Vamos? —dijo Ton… Antonio.


—Regresa a la oficina, tienes cosas que hacer, no te necesito para la entrevista. Romeo me llevará sano, salvo y a tiempo —dije con desdén sacudiendo la mano.


—¿Estás seguro…? —el CFO quiso insistir.


—¡Largo de aquí, Ferreira! ¡Vete! —grité imperativamente.


—Bien —dijo levantando el mentón y acomodándose el saco—. Que te diviertas… con tu nuevo juguete —comentó antes de irse.


Romeo y yo lo ignoramos, yo moría de ganas de chuparle la verga y tragarme su semen, pero era verdad, aquel compromiso era importante, y… honestamente no me acordaba, ja, ja. No podía quedar como un divo, después de todo, esa entrevista y todo el trabajo periodístico que harían sobre mí, era para limpiar mi imagen y mejorar mi reputación. Me puse de pie, extendí mi mano a Romeo para que la tomara y se incorporara. Nos dimos un “regaderazo” rápido —se imaginan lo que sería bañarse con Romeo—, me cambié de ropa, él se puso su habitual traje negro y partimos.

 

No pienso hacerles el cuento largo ni fastidiarlos con esa entrevista. Teleglobo hizo una investigación exhaustiva sobre mi vida. Iba a ser emitida en un programa especial del show noticioso más relevante de su programación Al Fuego Vivo.


Solo algo me hizo alzar la ceja confundido, la pregunta de la entrevistadora me dejó perplejo e hizo que me enfureciera profundamente con Antonio, ¿por qué no me alertó que ya había transcurrido el primer acto de venganza contra mi hermana Elena?


—¿Qué nos puede declarar, señor Holgado, de la decisión emitida hace pocas horas por la IFETEL en sancionar al canal de televisión Teleferr dirigido por su hermana Elena Holgado?


"Hinche" Antonio, cuando lo vea lo voy a halar de los huevos por no alertarme de la noticia, ¿acaso iba a decírmelo cuando me vio encima de mi Romeo? ¡Puta madre! ¿Por qué estoy meditando tanto? ¡Da tu mejor respuesta, pinche idiota!


Y me vanaglorio en mí. La respuesta que les di fue digna de Israel Chacón, un político amigo de la familia que creo lo conocen. Fue una opinión justa, ni en beneficio de la zorra de Elena, ni en apoyo contundente al IFETEL, aunque era claro de mis nuevos vínculos con el presidente. Simplemente aporte que la decisión estaba a sancionar aquellos medios de comunicación que de manera irresponsable y, aprovechándose de su poder como institución masiva, publican información de desprestigio.


—... no obstante, siempre debemos velar por la libertad de expresión y esperar que la resolución que tome la Suprema Corte de Justicia sea equilibrada para las partes —aseguré moviendo las manos y acentuando mis palabras como me enseñó mi directora de medios.


¡Había caído la grande! A mi hermana le suspendieron su televisora por 72 horas fuera del aire, la fiscalía iba a investigar la veracidad de los datos periodísticos acusando al gobierno nacional de corrupción. Mi hermana vendió su línea editorial a la oposición y ese fue su talón de Aquiles. El resultado iba a ser pagar una sanción millonaria, a menos que la SCJ resolviera algo a su favor.


Yo también comencé a atacarla, compré una nueva televisora y estaba teniendo éxito en arrebatarle algunos de los rostros más visibles de su nómina de artistas y periodistas. Ya mi equipo de marketing se estaba preparando con varios días de antelación para aprovecharnos del bajón de audiencia de Teleferr. No esperaba que coincidiera con la entrevista.


Cuando el evento concluyó, mi guapo Romeo me recibió con su encantadora sonrisa.


—Ahora sí, vas a ser mío, galán —le susurré. Hice como si tropezara con él solo para manosear su salchicha.


Sonrió.


—Llévame a mi departamento privado en La Condesa. Esta noche será de travesuras entre tú y yo.


Subí a mi camioneta y llamé a Antonio, iba a reclamarle por su falta de información. Tan pronto me contestó comencé con mi lluvia de improperios por su falta de responsabilidad.


—Se você ñao tivesse sido tan grosero conmigo, te hubiese podido explicar. ¿Ahora me dejarás hablar?


—No, déjame decirte que tu falta de profesionalismo está dando de qué hablar...


Me quedé en silencio, tenía un cierto tiempo oyendo un griterío a través del celular, pero no me importó, principalmente porque se escuchaba lejos y porque lo primero era descargar mi furia.


—¿Qué pasa? —pregunté. Romeo veía mi ceño fruncido a través del retrovisor.


—Tu hermana Elena ha venido aquí a lanzar ataques contra ti —dijo Antonio.

—¿Y por qué no la sacan como la perra que es?


—Porque ella alega tener acciones que le permiten hacer lo que quiera. Es dueña y nadie le puede poner un dedo encima. Te ha estado buscando como loca y no piensa irse de aquí hasta hablar contigo.


—¡Carajo, Antonio! ¿Por qué no me lo dijiste antes? —alcé la voz—. Ya voy para allá. Mantén a esa perra al margen y es una orden de mi parte.


Culminé la llamada, más furioso de como la inicié.


—¿A dónde vamos ahora, señor mío? —preguntó Romeo bajando la velocidad.


¡Diablos parece que todo el mundo se opone a que pruebe los jugos de mi amado Romeo! Él me lanza una hermosa mirada por el espejo.


—Desgraciadamente habrá un golpe de timón. Vamos a desviarnos al grupo León. Cuando salgamos de ahí juro que te daré tus buenas noches.


Romeo, no te pongas celoso.

   —¿Qué pedo con Ferreira? ¿Ya no es tan eficiente como siempre? —comentó mi guardaespaldas.


—Antonio es muy bueno… en el trabajo, me refiero. Es solo que como tenemos opiniones encontradas ha puesto distancia. Se refugió diciendo que aceptó el trabajo por el sueldo y oportunidad laboral. Entonces le tomé la palabra y lo colmo de deberes. Tareas que cumple fielmente el condenado.


—¿A caso debe haber un trato más allá de lo laboral entre ustedes?


Ups, ¿qué respuesta debo darle a mi metiche y sensual protector? ¿Qué a veces Antonio me traía tropezando las banquetas? Pero que él ahora era mi nuevo amor, mi nuevo juguete como le dijo el estúpido Ferreira.


—El que calla otorga —comentó Romeo sin dejar de conducir.


—No, es que, como sabes, nos conocemos de hace años.


—Yo también te conozco de años.


—Espera, una llamada —fingí recibir una conversación del despacho del presidente de la República y así me mantuve hasta llegar a la sede del grupo León.


Utilizando el ascensor llegué al décimo segundo piso y, ¡oh sorpresa! Cuando la puerta se abrió en la amplia e iluminada sala con paredes blancas, dibujos cromáticos de ornamento y luces LED, mis ojos avellanas encuentran a mi hermana Elena apretando de los huevos a Antonio.


Mi hermana Elena

    Era la función de un estúpido circo burlesco, algunos trabajadores estaban al rededor contemplando la grotesca función.


Al centro y como si interpretaran una estúpida obra teatral, sin darme la espalda vi a los dos.


Si comparamos a la perra de Elena con la zorra de Carlota, ella es años luz más hermosa. Alta, de cabello rubio y elegante. Sí, Elena le robó la belleza del vientre de su frígida madre a la cruel bruja. Quizás por eso también fue su favorita y recibió Teleferr como herencia.


Mis ojos fueron de la asombrosa belleza de esa golfa al contrastante gesto de dolor que hacía Antonio, sus ojos estaban perdidos, con expresión de pesar y llenos de lágrimas, no era brillo de felicidad lo que yo veía. Mi mirada pasó de su firme pecho a la hombría. Viendo como la mano apretaba como garras las bolas de mi hermoso, pero maltratado CFO.


De forma vulgar se contemplaba como la bolsa escrotal de mi adorado empleado se ceñía en la palma de esa puta.


Mi imprudente pene comenzó a moverse —¡Hasta a ti te hubiera pasado, ¡no te hagas!—. Era muy sexy la manera en la que él contenía la respiración y sus joyas apretadas se mantenían firmes en el agarre de Elena que amasaba ese par de pomelos en su pantalón de tela ajustado.



Las uñas de mi hermana estaban presionadas en las grandes gónadas de Antonio. El pobre era incapaz de defenderse. Sus grandes músculos cariocas eran incapaces de lastimar a la pobre y flaca Elena.


La mirada acusadora de mi secretaria me hizo huir de mi mundo de perversión y secreta admiración de la bochornosa función.


—¡ELENA! —grité.


Pobre Tony
La muy puta dio un salto. Desvió su atención en mí sin apartar la mano de los testículos de ese guapo hombre. Por el contrario le apretó los huevos como si fueran limones. Antonio dio un grito desesperado poniéndose de puntilla. ¡Qué dolor debía estar sintiendo! Me impresionó que Elena le exprimiera tan bien, porque esa golfa jamás en su vida tuvo que haber exprimido ni un limón.


—¡Suéltalo, maldita perra! ¿Estás loca? ¡Si le haces daño, lo pagarás!


—¿Qué? ¿Te molesta lo que le hago a tu putito protegido? —la muy wila, continuó firme extinguiendo la vida de los órganos del que fuera mi hombre.


Antonio estaba desesperado moviendo sus piernas sin control fijo, resbalando baba y con los ojos perdidos. Hacía presión en la mano de Elena, bufaba, lloraba, jadeaba, se lamentaba y todo lo que termine en “aba”.


—¡Te he dicho que lo sueltes!


—¡Quiero que me devuelvas la concesión de mi televisora!


—¡Yo no controlo los medios de este país! ¿Quién te has creído que soy? Tengo más poder que tú, eso sí, pero no te pases.


—Sé que estás detrás de todo esto —la canija apretó la mandíbula incrementando al mismo tiempo la presión de su mano. Antonio emitió un grito ya por último femenino.


—¡Que lo sueltes, vieja loca!


—¡Mi televisora! —la propia mano de esa perra comenzó a temblar.


Antonio ya no lucía bronceado, ¡estaba pálido!


—Señora Diana. ¡Llame a la vigilancia, que saquen a esa mujer de aquí!


—Yo soy dueña de esto. Que nadie me ponga un dedo encima.


—El dueño soy yo. Tus acciones del 2% solo cubren la puerta de entrada, ridícula. Si tienes algún problema con tu pinche televisora que solo ves tú, ve con el Instituto Federal de Telecomunicaciones. Esto es el grupo León.


—¡Me las pagarás! —retorció el par de gónadas de Antonio como si no hubiera mañana. Sentí fogosidad por él, pero al mismo tiempo pena. Se lo debo al grito de niña que el desdichado caballero echó.


Acto seguido, soltó sus testículos. Tan deliciosos que se veían apretados entre el pantalón y la mano, como un saco de pelotas. Y mi pobre CFO cayó de costado al suelo llorando, quejándose y agarrando sus bolas, se veía muy apuesto, honestamente.


¡Puta! ¿Se marcará mi erección? Nadie nunca me lo dirá.


Seis miembros del equipo de seguridad ingresaron, allí también venía Romeo que se quedó a mi lado para defenderme, ¡tan lindo! Entre todos sujetaron a Elena y se la llevaron de brazos como la ramera que es.


—¡Esto no se va a quedar así! ¡La vas a pagar! ¡Maricón, hijo de puta!


—El IFETEL  trabaja mañana desde las ocho —le hice saber sonriendo mientras se la llevaban echa una furia. Pobre loca.


Antonio fue ayudado a sentar por una secretaria, se quedó acongojado agarrándose los huevos. Estaba apenado, tenía el cuerpo doblado y con el rostro hacia el suelo, ocultando su llanto de la vista de todos. Fue algo muy humillante para él.


—El señor Ferreira quiso detenerla —dijo mi secretaria—, intentó calmarla.


Me sentí culpable. Yo le ordené que calmara a esa perra. Sentí compasión por el pobre Tony, mi Tony, Tony bebé…



—¿Antonio, estás bien? —me acerqué queriendo lucir indiferente.


—Cállate —le escuché decir mientras se amasaba sus honorables huevos. Observé como la tela se abrazaba a sus rodillas. Estoy seguro de que sus testículos peludos absorbieron toda la presión de los dedos de Elena.


—Vamos al médico, la empresa cubrirá este incidente laboral —dije estúpidamente.


—No está en mis funciones ser parte de tu juego —me dijo levantando la mirada. Aunque sus ojos lloraban su vista era acusadora.


Puse una mano en su hombro y sentí como se movía lentamente para zafarse.


Romeo se aclaró la garganta.


—Tenemos un compromiso que cumplir, señor Fabio.


Carajo, ¿qué podía hacer? Atender al pobre Antonio que volvió a acurrucarse como un armadillo sobando sus magullados testículos o irme a una noche de pasión con Romeo.


—Hablaré con el señor Domínguez para que me escolte a la mansión, quédate tú aquí por si esa loca vuelve. Cambio de planes —dije.


Otra vez actuaba como un cobarde, planté a Romeo y me fui a casa. Asegurándome que el servicio médico atendiera a la altura a mi buen Antonio. Para su suerte, sus joyas no pasarían de una molesta hinchazón, le di algunos días libres y él aceptó. ¿Se estaba vengando al mismo tiempo? Nunca me devolvió los mensajes o llamadas que le di.


Renuncio.

    —Abre la puerta, sé que estás ahí —dije una tarde que fui a su departamento, él había abandonado la casa de Polanco que era de Eduardo—. Ábreme la puerta como tu jefe.


Don Chemo decía que el buen gerente nunca acepta la renuncia de sus empleados, por el contrario tiene que ofrecerle mejoras e incentivarlo a continuar en su compañía. Eso que tanto oí, tuve que poner en práctica cuando una semana después, Antonio Ferreira se presentó en mi despacho con su carta de renuncia. 


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